Los últimos momentos de Nerón
Suetonio describe la muerte del emperador Nerón con una crudeza que refleja su carácter, pero también muestra destellos de dignidad. El relato culmina en un suicidio motivado, según el historiador, más por el miedo que por el valor.
Los preparativos del fin
"Como sus compañeros le instaban a huir de los ultrajes que le aguardaban, ordenó que le cavaran una fosa del largo de su cuerpo, rodeada de fragmentos de mármol, y que se le trajera agua y leña para rendir los últimos honores a su cadáver. Mientras se preparaba, lloraba y repetía: ¿Qué artista morirá conmigo?"
Al preguntar qué tipo de tortura le aguardaba, le informaron que el condenado sería despojado, su cabeza colocada en una horca y golpeado hasta la muerte. Aterrorizado, tomó dos dagas que había traído, probó sus puntas y las volvió a guardar, protestando que "la hora señalada por el destino aún no había llegado".
El último acto
Cuando escuchó el ruido de los caballos de los hombres que venían a capturarlo, recitó un verso famoso de la Iliada: «El galope de los veloces caballos llega a mis oídos». Entonces, con la ayuda de Epafrodito, el hombre encargado de sus súplicas, se clavó una hoja en la garganta.
Finalmente, mientras aún respiraba, un centurión irrumpió y, como intentando socorrerlo, le cubrió la herida con su capa. Nerón le respondió: "Es demasiado tarde", y añadió: "Así es la lealtad". Al pronunciar esas palabras, falleció; sus ojos, prominentes y fijos, mostraron una expresión que inspiró horror y temor en los presentes.
Así concluyó la vida del emperador que, durante años, había aterrorizado a Roma y a sus ciudadanos con sus extravagancias.