Los victorianos fueron pioneros en la elaboración del helado tal como lo conocemos hoy, y lo disfrutaban de múltiples formas.
Moldes de helado
Utilizaban moldes de metal, a menudo decorados con intrincados relieves que imitaban frutas, animales y otras figuras elegantes. Cada compartimento se llenaba con una base de crema o natilla, se colocaba en un baño de hielo y sal para congelar, y luego se sumergía brevemente en agua tibia para desmoldar suavemente el helado sobre el plato.
Máquinas manuales de helado
La invención de la máquina de helado de manivela en la década de 1850 revolucionó su producción. Consistía en un recipiente metálico giratorio dentro de un cubo de madera lleno de hielo y sal. Al girar la manivela, la mezcla se batía y congelaba contra el metal frío, incorporando aire y logrando una textura lisa y cremosa.
Carritos y salones de helado
Durante la época victoriana surgieron carritos y salones especializados en helado, que ofrecían una amplia variedad de sabores y se convirtieron en lugares de encuentro social para todas las clases. Los salones solían estar decorados con gran lujo y contaban con asientos cómodos para que los clientes disfrutaran de su postre.
Postres helados y pudines
Además del helado, los victorianos saboreaban mousses, sorbetes y natillas congeladas. También incorporaban el helado en otras creaciones, colocando bolas sobre pasteles o utilizándolo como relleno de tartas y pasteles.
Sabores
La oferta de sabores era amplia: clásicos como vainilla, chocolate y fresa coexistían con combinaciones más atrevidas como pudín de ciruela, jengibre o lavanda. No dudaban en experimentar con ingredientes exóticos, añadiendo frutas confitadas, frutos secos o especias para dar un toque de singularidad.