Admisión
Los pacientes que ingresaban en los hospitales medievales solían ser los que no podían pagar atención privada o estaban demasiado enfermos para ser atendidos en casa. Un médico o cirujano los evaluaba y decidía el tratamiento más adecuado.
Tratamiento médico
Las terapias se basaban en la tradición, la herbolaria y la fe. Se practicaban sangrías, uso de sanguijuelas, ventosas y cauterizaciones. Las plantas medicinales eran el remedio más frecuente y se acompañaban de oraciones para favorecer la recuperación.
Procedimientos quirúrgicos
Las intervenciones eran escasas por la ausencia de anestesia, condiciones estériles y conocimiento anatómico limitado. Solo se realizaban en casos de lesiones graves o situaciones que amenazaban la vida. La amputación era común y se ofrecía vino u otras sustancias para atenuar el dolor.
Higiene y saneamiento
El concepto de higiene era rudimentario; los hospitales solían estar abarrotados y con escasa limpieza, lo que favorecía la propagación de infecciones.
Prácticas religiosas
Los hospitales estaban gestionados por órdenes religiosas (benedictinos, franciscanos, etc.) y la atención incluía rituales como la oración, la confesión y la unción, que se consideraban esenciales para la curación espiritual.
Alimentación
Se ofrecían comidas simples y nutritivas: pan, caldo y verduras. La calidad y cantidad dependían de los recursos del hospital y de las donaciones de la comunidad.
Apoyo social
Además de la atención médica, los hospitales funcionaban como refugio para los pobres, ancianos y desamparados, proporcionando consuelo, consejo y, a veces, ayuda para encontrar trabajo o vivienda.
En resumen, aunque los hospitales medievales carecían de la tecnología y el conocimiento de la medicina moderna, desempeñaron un papel vital al ofrecer cuidados básicos y apoyo a los más vulnerables.