Contrario a la creencia popular, los peregrinos no recorrían a pie el camino hasta la iglesia de Canterbury. Dada la longitud del trayecto y la gran cantidad de pertenencias que llevaban, optaban por viajar a caballo.
El uso de la equitación les permitía cubrir distancias mayores en menos tiempo y transportar sus objetos personales de manera más segura y cómoda.