El contexto del final de la Segunda Guerra Mundial
En agosto de 1945 el presidente estadounidense Harry Truman autorizó dos ataques nucleares contra Japón. El 6 de agosto se lanzó Little Boy sobre Hiroshima y, tres días después, el Fat Man sobre Nagasaki. El 15 de agosto Japón anunció su rendición incondicional y la guerra terminó.
Little Boy
El teniente Marcus McDilda y su captura
El 7 de agosto, el teniente Marcus McDilda, piloto de un caza P-51 Mustang que escoltaba a los bombarderos, fue derribado y capturado por la policía militar japonesa (Kempeitai) en Osaka. Los japoneses estaban ávidos de obtener información sobre la nueva arma que había sido usada en Hiroshima.
McDilda, que apenas conocía detalles técnicos de la bomba, negó repetidamente saber algo. La tensión aumentó y, durante la noche, un oficial del Kempeitai le acercó una katana a la garganta y le hizo una pequeña incisión. Al ver la sangre, el oficial le amenazó:
«Si no hablas, te cortaré la garganta».
Una mentira que le salvó la vida
Ante la amenaza, McDilda improvisó. Basándose en rumores de la base y en lo poco que había leído sobre fisión nuclear, explicó que la bomba funcionaba mediante una reacción en cadena y que Estados Unidos disponía de decenas de armas de ese tipo, con Tokio como próximo objetivo.
Los guardias, alarmados, informaron al gobierno y ordenaron su traslado a Tokio para ser interrogado por un científico entrenado en EE. UU. El científico se dio cuenta rápidamente de que el teniente no sabía de qué hablaba; ambos rieron de la situación.
Al día siguiente, el 9 de agosto, los EE. UU. lanzaron Fat Man sobre Nagasaki. Los japoneses, al creer que los prisioneros sabían sobre un arsenal nuclear, concluyeron que Estados Unidos poseía más bombas y que la guerra estaba decidida.
Los demás 50 prisioneros aéreos que estaban con McDilda en Osaka fueron ejecutados esa misma noche. La mentira del teniente y el bombardeo de Nagasaki le permitieron sobrevivir.
Fat Man
Conclusión
La historia de Marcus McDilda muestra cómo una improvisación bajo extrema presión pudo marcar la diferencia entre la vida y la muerte en los últimos días de la guerra.