La presidencia de Warren G. Harding (1921‑1923) quedó marcada por una serie de fracasos y escándalos que empañaron su legado.
Escándalos y corrupción
Su administración estuvo plagada de casos de corrupción, el más famoso el Teapot Dome, donde se arrendaron reservas de petróleo del gobierno a empresas privadas a cambio de sobornos. Estos hechos minaron la confianza pública y alimentaron acusaciones de clientelismo.
Liderazgo débil
Harding fue criticado por su falta de firmeza y decisión. Se le percibía como un presidente pasivo, con escasa voluntad política y visión para afrontar los problemas de la época. Su estilo “laissez‑faire” contribuyó a la sensación de desorientación en la Casa Blanca.
Políticas económicas conservadoras
Sus medidas favorecieron a las grandes empresas y a los sectores más acomodados, reduciendo impuestos para los ricos y las corporaciones mientras se oponía a iniciativas que beneficiaran a la clase trabajadora. Esto profundizó la desigualdad económica en la posguerra.
Isolacionismo en política exterior
Harding adoptó una postura marcadamente aislacionista, evitando compromisos internacionales. Aunque resonó con parte de la población cansada de conflictos externos, limitó la capacidad de EE. UU. para influir en los asuntos globales.
Nombramientos y clientelismo político
Realizó varios nombramientos controvertidos basados en lealtades partidarias más que en la capacidad profesional. Esta práctica erosionó aún más la credibilidad del gobierno y alimentó los escándalos de corrupción.
En conjunto, estos fracasos y escándalos empañaron la figura de Harding, provocaron la pérdida de fe en el Partido Republicano y contribuyeron a la victoria demócrata en las elecciones de 1922 y 1924.