Sentimiento aislacionista
Tras la devastación de la Primera Guerra Mundial y la Gran Depresión, gran parte de la población estadounidense abrazó el aislacionismo, prefiriendo no intervenir en asuntos internacionales. Temían que otro conflicto mundial arruinara la economía y consideraban que los problemas europeos no les afectaban directamente.
Política de apaciguamiento
Al estallar la guerra en Europa en 1939, el gobierno de EE. UU., y en particular el presidente Franklin D. Roosevelt, contaba con cierto apoyo interno a la estrategia de apaciguamiento frente a la Alemania nazi. Algunos creían que ceder a las exigencias de Hitler evitaría una guerra mayor.
Reticencia a enfrentar el fascismo
Muchos desconocían la magnitud de los crímenes nazis; además, ciertos prejuicios contra minorías llevaron a subestimar la amenaza fascista.
Sentimiento pacifista
Una minoría vocal, compuesta por pacifistas religiosos como cuáqueros, menonitas y testigos de Jehová, se oponía a la guerra por razones morales y religiosas. Intelectuales de izquierda también criticaban la militarización.
Desconfianza en el liderazgo de Roosevelt
Republicanos y conservadores sospechaban que Roosevelt, tras la Gran Depresión, buscaba arrastrar al país a la guerra para ampliar su poder.
Simpatía por Alemania
Existían grupos y organizaciones que mostraban simpatía abierta por la Alemania nazi, entre ellos la German American Bund y algunas comunidades germano‑americanas de extrema derecha.
Es importante señalar que, aunque la oposición fue significativa, la opinión pública cambió tras el ataque a Pearl Harbor en diciembre de 1941, momento en que la mayoría apoyó la entrada de EE. UU. en el conflicto.