En 1983, un ingenioso falsificador y un periodista con buen olfato lograron engañar a la revista alemana Stern al presentar supuestos diarios personales de Adolf Hitler. El objetivo era ofrecer una visión privada del dictador nazi y, al mismo tiempo, conseguir un golpe de prensa que temporalmente dañara la credibilidad del medio.
Por Helene Heise, NDR.de
«¡F.H.! ¿Qué se supone que significa? ¿Führer Hitler? ¿El perro del Führer? ¿El cuartel general del Führer? ¡Probablemente no se llamaba Fritze Hitler!». Así abre el director Helmut Dietl su guion de la película Schtonk! (1991), que satiriza el escándalo de los falsos diarios.
Los diarios de Hitler: avaricia en muchas páginas
En su libro sobre el escándalo, publicado en 2008, Michael Seufert señala que la codicia personal fue uno de los motores del fraude: «Con el proyecto secreto de los diarios de Hitler, Gruner + Jahr encontró el mundo al revés desde el principio. Para los implicados estaban en juego carreras, poder y, sobre todo, mucho dinero». Seufert, encargado de la investigación por el propio fundador de Stern, Henri Nannen, reconstruyó la historia 25 años después.
En busca de los diarios
El reportero de Stern y “cazador” Gerd Heidemann llevaba investigando la época nazi desde principios de los setenta. En 1980, a través de coleccionistas, entró en contacto con el falsificador Konrad Kujau, que se presentó bajo el alias Konrad Fischer. Según Heidemann, los supuestos diarios habían sobrevivido al final de la guerra y, tras un accidente aéreo en la RDA, fueron recuperados y contrabandeados a través de la frontera germano‑alemana con la ayuda de familiares.
La dirección editorial da el visto bueno
Heidemann convenció al jefe del departamento de historia contemporánea de Stern, el doctor Thomas Walde, de la magnitud de la supuesta primicia. Juntos eludieron al editor‑en‑jefe y llevaron el proyecto directamente a la alta dirección editorial, que necesitaba una gran inversión para adquirir los “diarios”. La directora editorial, persuadida por el entusiasmo de los dos periodistas, autorizó el “proyecto secreto”.
La fe ciega en la supuesta primicia
Durante casi tres años, Heidemann y Kujau recibieron 9,34 millones de marcos para producir y publicar los documentos. Señales de falsificación fueron sistemáticamente ignoradas por el supuesto “experto” del Stern, por Walde, por el editor‑en‑jefe y por la alta dirección, que cerraron los ojos ante los avisos de testigos y especialistas. Un exmiembro de la Leibstandarte Adolf Hitler recordaba hechos que contradecían los “diarios”, y expertos alertaban sobre el uso de papel posterior a la guerra. Además, el número de diarios pasó de los 27 anunciados a 60, y su precio seguía subiendo, sin que nadie del medio se mostrara escéptico.
Se evaden los controles
El contrato firmado entre los periodistas y la casa editorial garantizaba una participación en los beneficios de la publicación y en la venta de derechos en el extranjero. Además, les concedía la exclusividad para evaluar los documentos y eximía a Heidemann de revelar su fuente. Con ello, se desactivaron todos los mecanismos de control editorial, pues la dirección quería creer en el hallazgo sensacional y en el negocio que suponía.
Del anuncio a la catástrofe
El 25 de abril de 1983 Stern dio a conocer la primera parte de la serie sobre los diarios de Hitler con gran pompa. En la rueda de prensa, Heidemann mostró los cuadernos negros y el editor‑en‑jefe anunció que la historia tendría que reescribirse. Sin embargo, desde el primer día expertos reconocidos cuestionaron la autenticidad de los documentos.
Kujau copia de libros y discursos
Solo doce días después, los Archivos Federales y la Oficina Federal de Investigación Criminal, mediante análisis químicos y estudios históricos, declararon que los diarios eran una falsificación torpe. Kujau había copiado páginas de discursos publicados de Hitler y de libros especializados, añadiendo notas triviales de la vida cotidiana. La dirección editorial y el editor‑en‑jefe se vieron obligados a retractarse; el fundador Henri Nannen pidió disculpas a los lectores.
Sentencias de prisión
El escándalo destruyó la reputación del antes prestigioso Stern: la circulación se desplomó y la credibilidad desapareció. Heidemann y Kujau fueron condenados a varios años de prisión por fraude y falsificación. Hasta hoy, el caso de los falsos diarios de Hitler sigue siendo un ejemplo paradigmático de los peligros que conlleva mezclar intereses económicos y editoriales.