Artículo invitado de History Online
Hoy Grecia es famosa por muchas cosas: su clima soleado, el gyros y la invención de la democracia. Sin embargo, la frugalidad no está entre sus virtudes, por mucho que se intente. Esta carencia de ahorro ha puesto al país en apuros en varias ocasiones a lo largo de su historia turbulenta. La mayoría conoce la actual crisis financiera y de deuda, pero hoy no trata de eso. Las crisis no son nada nuevo en Grecia; volvemos al siglo XIX, cuando acababa de independizarse del Imperio Otomano y, sí, ya entonces enfrentaba una grave crisis que obligó a Baviera, de todas las naciones, a intervenir.
Una historia blanco‑azul (¿éxito?)
En aquel entonces se buscaba un monarca que guiara al país hacia tiempos gloriosos. En 1832 la elección recayó en Otto de Wittelsbach, hijo del rey Luis I de Baviera. Otto parecía la opción perfecta: provenía de una familia principícular de un pequeño estado europeo y, por tanto, no amenazaba el “equilibrio de poderes” continental. Condiciones ideales.
Sin embargo, surgieron varios problemas iniciales. El padre de Otto, el rey bávaro, tuvo que firmar el documento que lo nombraba rey de Grecia, ya que el joven aún era menor de edad. Hasta que alcanzara la mayoría, una regencia compuesta por bávaros gobernó en su nombre, lo que dio a Grecia un toque de blanco y azul. En algunos aspectos funcionó, pero en otros, como la finanza, resultó problemático.
¿Se puede escribir economía en Grecia sin crisis?
Para salvar el honor de los griegos, vale mencionar que la guerra de independencia había devastado el país y despoblado amplias regiones. Aunque las potencias garantizadoras (Francia, Gran Bretaña y Rusia) concedieron a los helenos millones de dólares, sólo se pagó tres cuartas partes y parte de esos fondos fueron entregados a los antiguos opresores otomanos. No había escapatoria a la crisis. El capital restante provenía de Baviera y de mecenas griegos en el extranjero. El nepotismo predominante desvió gran parte del dinero a canales oscuros, una práctica que, según rumores, persiste hasta hoy.
No es sorprendente que, en los primeros años de su reinado, Otto acumulara una montaña de deudas comparable a la Acrópolis. Las inyecciones financieras de su padre fueron, por tanto, indispensables. Sin embargo, el nuevo rey logró revertir la situación: en 1840 presentó por primera vez un presupuesto equilibrado y comenzó a amortizar el déficit acumulado. Su ambicioso programa de inversiones sólo mostró sus frutos después de que fuera destituido.
El ciclo se repite: Baviera y Grecia
En 1862 el sueño monárquico se tornó en trauma. Los súbditos se rebelaron contra su majestad. ¡Qué ingratitud! Otto ya no contaba con el apoyo de su propio barco real, y los británicos tuvieron que evacuarlo. Las inversiones bávaras se suspendieron, lo que tensó las relaciones entre ambos estados durante décadas. Un acuerdo amistoso no se alcanzó hasta 1881.
El monarca depuesto no comprendió su caída y vivió sumido en la nostalgia de su tiempo en Grecia hasta su muerte en 1867. Financiaramente, tras la caída de los Wittelsbach, Grecia siguió atravesando crisis sucesivas; en los 150 años transcurridos ha escapado por poco a la bancarrota nacional en varias ocasiones. Es, ha sido y seguirá siendo un drama griego.
Este texto es una contribución invitada de History Online.