Historia de Europa

Un poco de patriotismo barato puede resultar útil: Margaret Thatcher y la guerra de las Malvinas

Un poco de patriotismo barato puede resultar útil: Margaret Thatcher y la guerra de las Malvinas

Los políticos rara vez disfrutan de tranquilidad. Entre la economía, escándalos internos, la oposición y la presión popular, la agenda se vuelve un campo minado. Por suerte, existe un viejo truco: cuando la popularidad decae, una distracción externa —a menudo una guerra— puede servir de salvavidas.

Si, además, se logra despertar un patriotismo momentáneo y se gana el conflicto, el gobernante puede pasar de ser impopular a convertirse en héroe nacional. Ese es precisamente el caso de Margaret Thatcher y la Guerra de las Malvinas, tema de la segunda parte de mi serie sobre el "patriotismo de conveniencia". (La primera parte está disponible en otro artículo.)

El plan en tres fases

El esquema es siempre el mismo y se despliega en tres etapas, como demostró Thatcher. Primero, aparecen problemas internos que entorpecen la gestión. Cuando la primera Thatcher tomó el cargo en 1979, heredó una economía en crisis y un gobierno laborista que había llevado al país al borde del colapso.

Con un programa de reformas neoliberales que incluía la liberalización de los mercados financieros, la privatización masiva y la venta de viviendas sociales, intentó revertir la situación. Sin embargo, la inflación siguió subiendo y los beneficios de las reformas se concentraron en pocos, lo que provocó descontento popular. En ese punto, según el plan, el político recurre a la segunda fase: crear un conflicto exterior.

La Guerra de las Malvinas: un conflicto por unas cuantas islas

En 1982, Argentina invadió las Islas Malvinas, un archipiélago en el Atlántico Sur habitado por menos de tres mil personas y cuya economía depende casi exclusivamente de la cría de ovejas. El gobierno militar argentino calculó que el Reino Unido no respondería por tan remoto territorio, a casi 13.000 km de sus costas.

Thatcher demostró lo contrario. Envió rápidamente una fuerza naval y aérea que, en pocos meses, expulsó a los invasores. El conflicto dejó unas 250 víctimas británicas y más de 600 argentinas. Un referéndum posterior mostró que el 99,8 % de los isleños prefería seguir bajo soberanía británica.

El éxito militar encendió el patriotismo en Inglaterra (aunque no tanto en Escocia) y le dio a Thatcher el respaldo necesario para impulsar sus reformas con mayor firmeza.

La "Iron Lady" muestra sus garras

Con la victoria en Malvinas, la oposición quedó fragmentada y los sectores más acomodados del sur del país se alinearon detrás del gobierno. Thatcher aprovechó ese impulso para debilitar a los sindicatos, que habían sido un obstáculo durante la década de los 70. Tras un año de huelga minera que agotó la resistencia sindical, los sindicatos perdieron poder de forma irreversible.

En los años siguientes, la primera ministra se mostró inflexible en la escena europea, llegando a brandir su cartera y clamar «¡Quiero que me devuelvan mi dinero!» al Consejo Europeo, lo que reforzó la imagen del “descuento británico”. Su estilo autoritario culminó con el uso del plural majestuoso y frases como «Somos la abuela», que cansaron a gran parte de la población.

El legado de la guerra

Aunque la popularidad de Thatcher se mantuvo alta durante la década de los 80, su caída llegó con la introducción del polémico impuesto llamado «poll tax» en 1990. Este gravamen, que cobraba a cada hogar según el número de ocupantes sin considerar ingresos ni valor de la propiedad, provocó una fuerte resistencia y aceleró su dimisión.

Aun así, la figura de Thatcher sigue polarizando a la sociedad británica. En Escocia, el norte de Inglaterra o entre familias con ingresos modestos, su recuerdo no es precisamente entrañable. Cuando falleció en 2013, el país no se llenó de cantos festivos.

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