En la religión católica existe la figura del ángel guardián, un ser sobrenatural que protege y ayuda a cada persona. Los sumerios, en cambio, contaban con un panteón de más de 3.600 deidades, cada una a cargo de aspectos tan serios como la justicia (Nanshe) o la escritura (Nidaba) y tan insólitos como la confección de ropa (Uttu), los secretos (Buzur) o el dolor de muelas (Ninsutu). Una característica común era su indiferencia hacia los humanos: los mortales estaban para servirles, y cualquier otra cosa era irrelevante. Por eso, cuando necesitaban ayuda sobrenatural —curas, favores o simplemente evitar la ira divina—, los sumerios desarrollaron varios “trucos” para no morir en el intento.
Sacrificios costosos
Los adinerados recurrían a sacrificios rituales. El sacerdote susurraba la petición al oído del animal antes de sacrificarlo, con la esperanza de que el mensaje llegara a los dioses. Si un sacrificio no bastaba, se escalaba: de una gallina a una oveja, de una oveja a un buey, siempre prefiriendo ejemplares jóvenes, blancos y alimentados con cerveza. Curiosamente, la carne del animal se consumía después, lo que sugiere que el “Kobe steak” sumerio nació mucho antes de lo que creemos.
Sobornos y ofrendas votivas
Otra vía era la compra de regalos para los dioses. Los ricos adquirían vestimentas, utensilios y hasta partes del cuerpo que se colocaban en las estatuas divinas: penes, vulvas, pelucas, etc. Las ofrendas de metal precioso, sobre todo plata, tenían mayor valor. En casos extremos, se entregaban pequeñas estatuillas de mendigos como ofrenda; los más vanidosos, estatuas de piedra con ojos de lapislázuli. Los reyes utilizaban estas prácticas no solo para agradar a los dioses, sino también para exhibir su poder ante la población.
Apelación a los ancestros
Los menos pudientes buscaban la ayuda de sus antepasados. Los sumerios creían que los muertos habitaban un “mundo al otro lado”, una especie de infierno sin recompensas ni castigos. Los difuntos se enterraban bajo el suelo de la casa, cerca del altar familiar, y cada día se les dejaba comida y bebida, aunque insípidas, para evitar que sus espíritus murieran de hambre. Si los familiares los trataban bien, los ancestros podían interceder ante los dioses, aunque su influencia era limitada.
El dios personal, el “ángel guardián” sumerio
Para garantizar una respuesta divina, cada persona contaba con un dios personal. Más allá de los 3.600 dioses del panteón, existían innumerables deidades menores asignadas a cada individuo. Funcionaban como un ángel guardián: protegían y transmitían las peticiones a la deidad correspondiente, sin riesgo de ofenderla, pues entre iguales no hay insultos. Sin embargo, si el dios personal era ignorado o rechazado, el solicitante debía volver a los métodos tradicionales de ofrendas y sobornos.
Conclusión
En la “tierra de los dos ríos”, como en cualquier época, incluso los ateos terminaban abriendo la cartera para apaciguar a los dioses. Los sumerios nos dejaron una lección curiosa: la religión puede ser tan burocrática como la administración moderna.
Contribución de Joshua BedwyR, autor de In a Dark Blue World