Resulta curioso que, en los primeros años de su reinado, el emperador Nerón fuera reconocido por el Senado romano con el título de Pater Patriae (Padre de la Patria). Ese honor no era automático para un emperador; el Senado lo concedía por méritos. En ese momento Roma disfrutaba de prosperidad: Nerón redujo impuestos, aseguraba las fronteras, gestionaba con diligencia los asuntos públicos y lograba éxitos notables en política exterior. Todo apuntaba a una posible edad de oro para el Imperio, una ilusión que se mantuvo mientras sus asesores, como Séneca y el prefecto Petronio, ejercían su influencia.
Sin embargo, la creciente tiranía y megalomanía del joven emperador provocaron una serie de asesinatos, entre ellos el de su madre Agripina la Menor y de su mentor Séneca. Estos hechos marcaron el inicio del declive personal de Nerón y, con él, la decadencia de Roma.
El gran incendio de Roma
En el año 64 d.C., una devastadora conflagración se desató en el área del Circo Máximo, donde se encontraban numerosos almacenes de aceites. El fuego consumió la ciudad durante varios días, arrasando barrios enteros. Cuando finalmente se controló, un segundo incendio surgió en la finca del secretario Tigelino, principal consejero de Nerón.
El inicio de la persecución de los cristianos
Cuatro de los catorce distritos de Roma quedaron completamente destruidos y siete más gravemente dañados. Tras el desastre, Nerón abrió las puertas de su palacio a los damnificados y les proporcionó alimento. No obstante, surgieron sospechas sobre su posible culpabilidad en el incendio. Para desviar la culpa, el emperador acusó a los cristianos, una secta naciente de origen judío. Muchos fueron arrestados y ejecutados, marcando el comienzo de la persecución oficial contra los cristianos.
La Domus Aurea
Sobre los escombros quedó una hoja en blanco que Nerón aprovechó para erigir la Domus Aurea (Casa Dorada), una obra de extravagancia sin precedentes. El complejo abarcaba unos 50 hectáreas de salones decorados con frescos, oro, marfil y piedras preciosas; techos con aberturas por donde esclavos arrojaban flores y perfumes; una enorme cúpula giratoria impulsada por el agua; jardines, patios arcados, más de 300 habitaciones privadas y una laguna artificial conocida como Stagnum Neronis. Al entrar por primera vez, Nerón exclamó:
¡Por fin podré vivir como un ser humano!
El Coloso de Nerón y el Anfiteatro Flavio
Junto a la Domus Aurea se erigió el Coloso, una estatua de bronce de más de treinta metros que representaba a Nerón con atributos de Helios. Más tarde, el emperador Adriano trasladó la estatua para dar paso al Templo de Venus y Roma; el coloso quedó al frente del futuro Anfiteatro Flavio, construido sobre la zona donde antes estaba la laguna. Con el tiempo, el anfiteatro pasó a llamarse Coliseo, derivado del coloso que se alzaba a su lado.
Tras la muerte de Nerón en el 68 d.C., la Domus Aurea quedó inconclusa. La laguna fue rellenada para edificar el Anfiteatro Flavio y, en el 104, un incendio dañó la estructura. El emperador Trajano ordenó cubrir los restos con escombros, lo que, paradójicamente, preservó el palacio bajo tierra durante la Edad Media.
El grotesco
Fue durante el Renacimiento, en el siglo XV, que la Domus Aurea volvió a la luz. Un joven romano cayó por una grieta del monte Esquileo y descubrió sus ruinas. Los humanistas, desconocedores de su origen, quedaron fascinados por los frescos, las paredes doradas y la decoración grotesca (del latín grotteschi, “de cuevas”). Ese estilo, que combinaba elementos vegetales, vasijas, cornucopias, figuras humanas y seres mitológicos, inspiró a artistas como Rafael y Giovanni da Udine. Así nació el término grotesco, que designa una estética ornamental, extravagante y a veces burlesca que se difundió por toda Europa.
Colaboración de Enrique Ros (History Notes)