En el año 157 a.C., una legación del Senado romano llegó a Cartago para mediar en un conflicto con Numidia, reino regido por el rey Masinisa. El principal objetivo era revisar el duro tratado impuesto a Aníbal tras la Segunda Guerra Púnica. La negociación fracasó; Masinisa, siempre ambicioso, quedó impresionado por el esplendor comercial que aún mostraba el eterno enemigo.
El lema de Cayo Cayo
El censurista Cayo Cayo concluyó cada discurso con la frase inmortal:
«Ceterum censeo Carthaginem esse delendam» (En otras palabras, creo que Cartago debe ser destruida).
Según Apiano, Cayo temía que la recuperación de Cartago supusiera una amenaza latente para Roma, especialmente frente a los escépticos Escipiones, quienes preferían mantener viva a la ciudad para evitar que Roma quedara sin un enemigo externo que justificara su virtud militar.
El pretexto de la guerra
En 150 a.C., Masinisa, resentido y ansioso de más territorio, cruzó la frontera cartaginesa. La derrota del ejército cartaginés y la exigencia de una nueva indemnización fueron el pretexto que Cayo y la aristocracia romana necesitaban para declarar la Tercera Guerra Púnica.
El asedio y la resistencia
En la primavera de 149 a.C., el cónsul Manio Manilio Nepote desembarcó con 80 000 soldados en Utica. Cartago se rindió, pero los romanos impusieron una cláusula inaceptable: la ciudad debía ser trasladada a diez millas tierra adentro, destruyendo su puerto. La condición encendió la chispa del conflicto.
Los cartagineses reforzaron sus defensas, fundieron armas y, bajo el mando del sobreviviente Hasdrúbal el Beótraco, resistieron con ferocidad. Los romanos, frustrados, intentaron asediar la ciudad, pero la falta de control naval permitió el suministro continuo de alimentos.
La llegada de Escipión Emiliano
En 147 a.C., el Senado sustituyó al ineficaz cónsul Lucio Calpurnio Piso por Publio Cornelio Escipión Emiliano, nieto adoptivo del famoso Escipión el Africano. Emiliano impuso disciplina, expulsó a los civiles del campamento y cerró el puerto, aislando por completo a Cartago.
La toma final
En la primavera de 146 a.C., la hambruna y las enfermedades asolaban la ciudad. Emiliano ordenó el asalto final. Tras abrir una brecha en el muro del puerto y usar una torre de asedio, los legionarios romanos lucharon calle por calle durante seis días y noches. Los defensores arrojaban desde los tejados aceite hirviendo, flechas, piedras y cualquier objeto que encontraran.
El último bastión se encontraba en el monte Birsa, donde el templo de Eshmún servía de fortaleza. Hasdrúbal, al mando de los últimos 50 000 defensores, negoció una rendición que preservara la vida de los ciudadanos, pero muchos prefirieron el suicidio. La esposa de Hasdrúbal, vestida de blanco, profirió:
«¡Tú que nos has quemado, también serás quemado!»
Luego sacrificó a sus dos hijos en el fuego sagrado.
La destrucción de Cartago
Tras la rendición, los legionarios destruyeron la ciudad durante diecisiete días, según la tradición esparciendo sal para que nada volviera a crecer. Cayo Cayo no vivió para ver el final, pero su influencia selló el destino de Cartago.
Un siglo después, Julio César consideró el sitio ideal para colonias de veteranos, y su heredero Augusto, tras derrotar a Pompeyo y Marco Antonio, fundó la nueva Cartago, que prosperó bajo el Imperio.