Historia de Europa

«Sois unos cabrones!», las supuestas últimas palabras de Julio César

Julio César es, sin duda, el personaje más famoso de la antigua Roma y uno de los más reconocidos de la historia mundial. Militar brillante y político astuto, sus logros en ambos ámbitos fueron extraordinarios, pero a su alrededor también surgieron leyendas más propias de la fantasía que de la realidad, que la imaginación popular ha aceptado sin cuestionar.

La cesárea

Durante mucho tiempo se atribuyó a Julio César el origen del término «cesárea», pensando que habría sido el primer ser humano nacido mediante esta intervención. En realidad, la afirmación es falsa. La cesárea es una cirugía que consiste en abrir el abdomen y el útero para extraer al bebé, generalmente por complicaciones del parto o por acuerdo entre el médico y la madre. En la Roma antigua ya se conocía, pero se empleaba casi exclusivamente cuando la madre había fallecido durante el trabajo de parto. La madre de César, Aurelia, vivió hasta los 45 años, por lo que no pudo haber sido operada de esa manera. Además, la cirugía en aquella época conllevaba un alto riesgo de infección, lo que la hacía aún más peligrosa para una mujer viva.

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La corona triunfal

El triunfo era una ceremonia para celebrar el éxito de una campaña militar en el extranjero. En ella, el general victorioso desfilaba en un carro, portando una corona de laurel, acompañado de su ejército desarmado, prisioneros y botín. Tras su victoria en la Galia, César solicitó al Senado permiso para llevar la corona de forma permanente. En los desfiles triunfales los generales eran tratados como reyes o casi divinidades, por lo que muchos interpretaron la petición como una muestra de su ambición desmedida. Sin embargo, el motivo real era más mundano: César sufría de calvicie y la corona le servía para disimularla. El Senado aprobó la solicitud, y por eso en numerosas representaciones lo vemos con la corona de laurel.

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El «emperador»

Con frecuencia se le llama emperador, pero Julio César nunca ostentó ese título. Se autoproclamó dictador, una figura prevista por la Constitución de la República, sin las connotaciones monárquicas actuales. Para evitar abusos, la República designaba dos cónsules con poder compartido y limitaciones temporales. En situaciones de crisis, el Senado podía conferir a una sola persona poderes dictatoriales por un año. César fue más allá: se nombró dictador por diez años, lo que se interpretó como un intento de perpetuar su poder al estilo de un rey.

«¡Tú también, Bruto!», sus últimas palabras

Una de las frases más célebres de César es «Alea iacta est», pero la que se recuerda por su muerte es «¡Tú también, Bruto!», a veces ampliada a «¡Tú también, Bruto, hijo mío!». Según la tradición popular, se referiría a su ahijado Bruto, hijo de su amante Servilia, sorprendido al ver que su propio padre participaba en la conspiración. En la realidad, César fue asaltado por los conspiradores, se defendió y recibió 23 puñaladas. Al caer, cubrió su cabeza con la túnica y murió a los pies de la estatua de Pompeyo. No hay registro histórico de esas palabras; lo más probable es que sus últimos momentos fueron un grito de dolor o un insulto. La frase se popularizó gracias a la tragedia *Julio César* de Shakespeare, y desde entonces se la atribuye al histórico personaje.

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