Historia de Europa

Asdrúbal el Beotarca: el último defensor de Cartago y el alto precio de su resistencia

Asdrúbal el Beotarca es recordado como el último comandante cartaginés que enfrentó a Roma, defendiendo su ciudad hasta que las tropas de Publio Cornelio Escipión Emiliano lograron tomarla por asalto. Como a muchos grandes cartagineses, el olvido lo cubrió durante siglos, pero su historia merece ser contada.

Contexto histórico

A mediados del 157 a.C. una legación del Senado romano llegó a Cartago para mediar en los conflictos continuos con el vecino reino de Numidia, bajo el mando del rey Masinisa. La negociación fracasó: Masinisa exigía más territorio y el anciano embajador romano Marco Porcio Catón el Viejo estaba decidido a que la prosperidad cartaginesa se convirtiera en una amenaza para Roma.

«Ceterum censeo Carthaginem esse delendam»
(Por lo demás, pienso que Cartago debe ser destruida)

Catón repitió esa frase en cada discurso, interior y exterior al Senado, y la presión para acabar con la ciudad se mantuvo viva durante décadas.

La amenaza de Masinisa y la declaración de guerra

En 150 a.C. Masinisa, resentido y ambicioso, cruzó la frontera punica con su ejército, provocando la derrota de la fuerza cartaginesa bajo el mando de Asdrúbal. El Consejo de Cartago tuvo que pagar una nueva indemnización, pero lo peor fue que el ataque a un aliado romano se convirtió en casus belli. Impulsados por Catón y por la aristocracia romana que competía con los cartagineses en el comercio de vino y higos, los senadores declararon la guerra.

El asedio de Cartago

En la primavera de 149 a.C. una flota de ochenta mil hombres, comandada por el cónsul Manio Manio Nepote, desembarcó en Utica. Cartago se rindió sin condiciones, entregando su flota, armas y cientos de catapultas a los romanos. La cláusula más dura exigía trasladar la ciudad a quince kilómetros tierra adentro, destruyendo su puerto. Esa exigencia encendió la chispa del conflicto.

El Consejo, desesperado, concedió el perdón a Asdrúbal, quien regresó a la ciudad con sus tropas supervivientes. Al primer asalto romano, Asdrúbal ordenó crucificar a los prisioneros romanos en las murallas, como muestra de venganza.

La defensa de Asdrúbal

Cartago, situada en un istmo y rodeada de tres murallas, era una fortaleza casi impenetrable. El asedio se prolongó durante dos años; la población, incluidos mujeres, niños y ancianos, trabajó día y noche fundiendo metales y fabricando armas improvisadas. En 147 a.C., el cónsul Lucio Calpurnio Piso fue reemplazado por Publio Cornelio Escipión Emiliano, quien tomó el mando y, con rigor disciplinario, expulsó a los vendedores y prostitutas del campamento romano.

En la primavera de 146 a.C., tras un invierno de aislamiento total, Escipión lanzó el asalto final. Tras abrir una brecha en la muralla del puerto con un ariete y una torre de asalto, los legionarios avanzaron casa por casa, enfrentándose a una resistencia cartaginesa que arrojaba desde los tejados todo tipo de proyectiles: lanzas, aceite hirviendo, tejas, flechas y hasta muebles.

El último bastión se ubicó en el santuario de Eshmun, en la colina sagrada de Birsa, donde Asdrúbal dirigió a los últimos defensores. Tras negociaciones, Escipión aceptó perdonar la vida de los sobrevivientes, aunque muchos prefirieron morir antes que caer en esclavitud. La esposa de Asdrúbal, vestida de luto, subió al templo, reprendió al conquistador y, en un acto de desesperación, mató a sus dos hijos y se inmoló.

«Tú, que nos has destruido con fuego, también serás destruido por fuego».

El final y la destrucción de la ciudad

Tras la rendición, los legionarios romanos saquearon la ciudad durante varios días y, según la tradición, la sembraron con sal para que nada volviera a crecer allí. Cartago quedó en ruinas durante siglos, hasta que Julio César la destinó como colonia para veteranos y su heredero Augusto la reconstruyó.

Colaboración de Gabriel Castelló Alonso, autor de Archenemies of Rome