Historia de Europa

Paco, el perro vagabundo al que Madrid rindió pleitesía

El estreno de “La dama y el vagabundo” y la llegada de Paco a Madrid

El 16 de junio de 1955 se estrenó La dama y el vagabundo, el clásico animado de Walt Disney que narra la historia de Reina, una perra de raza pura, y Golfo, un perro callejero travieso y simpático. En el Madrid del siglo XIX existía su propio “Golfo”: un perro sin amo llamado Paco, que terminó compartiendo mesa con los hombres más poderosos de la ciudad, asistiendo al Teatro Apolo y a las corridas de toros, sin jamás rendirse a una “reina”.

El Café de Fornos, cuna de la fama de Paco

El Café de Fornos, ubicado en la esquina de la Calle Alcalá y la Calle de la Virgen de los Peligros (hoy un Starbucks), era uno de los cafés más emblemáticos de Madrid a finales del siglo XIX. Fue allí donde Paco vivió su primer encuentro con la aristocracia madrileña.

El 4 de octubre de 1879, el Marqués de Bogaraya, Don Gonzalo de Saavedra y Cueto, paseaba con su comitiva cuando un perro callejero se acercó a la procesión que se dirigía al Café de Fornos. El marqués, divertido, le ofreció un trozo de carne. Desde ese momento Paco ganó un defensor incondicional. El marqués lo bautizó “San Francisco” por ser el día de San Francisco, y Paco se convirtió en habitual de los cafés, teatros e incluso de los juzgados.

Su popularidad fue tal que ya no necesitaba la invitación del marqués para entrar a los mejores establecimientos; se le reservaba asiento en los estrenos del Apolo y su presencia era sinónimo de buena suerte. A pesar de su fama, Paco siempre prefirió la calle como cama y el cielo estrellado como techo.

Icono cultural y bohemio

Se escribieron canciones en su honor, los periódicos relataban sus peripecias y aparecieron dulces y barras de chocolate con su imagen. Incluso existió un periódico llamado El Perro Paco, que “comentaba” la política y la vida social desde la perspectiva canina.

Pasión taurina

Una de sus grandes aficiones era la tauromaquia. Sus toreros favoritos eran Frascuelo y Lagartijo. En aquellos años la plaza de toros estaba en la propia calle Alcalá, y Paco acompañaba a los toreros y a sus cuadrillas, entrando libremente al ruedo.

Conocedor del arte de los cucharetes, no dudaba en ladrar contra los matadores que no se acercaban lo suficiente, y su opinión era respetada por los críticos. Sin embargo, el 21 de junio de 1882, durante una faena de Pepe “el Galápago”, Paco intervino para “ayudar” al torero Gallito, que estaba teniendo dificultades para matar al toro. El torero, enfadado, le hirió con su estoque; una segunda puñalada de José Rodríguez dejó al perro gravemente herido. El público, horrorizado, estuvo a punto de linchar al torero, pero las fuerzas del orden lo impidieron.

El triste final y la eternidad de su leyenda

Los periódicos siguieron informando el deterioro del animal. Paco falleció el 27 de junio de 1882. Ni adultos ni niños pudieron contener el llanto por la pérdida del “perro de todos los madrileños”. Su cuerpo fue diseccionado y expuesto en el Museo Taurino hasta su cierre en 1889.

La afluencia popular fue tal que se organizó una colecta para erigir un monumento en el Parque del Retiro y enterrar sus restos allí. Sin embargo, el recaudado desapareció y el lugar exacto de su sepultura sigue siendo un misterio.

Legado perdurable

Hoy en día Paco sigue siendo un símbolo de la Madrid bohemia y de la capacidad de un animal para conquistar el corazón de una ciudad entera.

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