Domingos en la Europa del siglo XIX
Otro domingo. Reuniones familiares, paseos matutinos y quejas porque el lunes vuelve a asomar… ¿Qué hacemos? ¿Ver una película o tomarnos un café?
Hoy esa rutina es típica en España, pero en el pasado y en distintas ciudades europeas los costumbres dominicales eran muy diferentes.
Madrid: el Parque del Retiro y sus “zoológicos humanos”
En la capital española, uno de los paseos más habituales era recorrer el Parque del Retiro, admirando el Palacio de Cristal, la estatua del Ángel Caído o el estanque con la estatua de Alfonso XII. Sin embargo, a finales del siglo XIX el Retiro albergaba también un controvertido espectáculo: el zoológico humano de Carl Hagenbeck.

Personas de Filipinas, India, los negritos, tagalos, moros de Jolo o carolinos eran presentados como curiosidades exóticas, encerrados en jaulas para el deleite de los visitantes. Se dice que incluso el Palacio Real recibió a la reina regente María Cristina de Habsburgo, madre de Alfonso XIII, para presenciar el espectáculo.
París: los bulevares, la ópera y la morgue pública
En la capital francesa, además de los paseos por los amplios bulevares y las funciones de ópera, la burguesía parisina disfrutaba de una extraña atracción: visitar la morgue.

Los responsables del depósito expusían los cuerpos para su identificación pública. La gran afluencia de curiosos no era por altruismo, sino por morbosidad, observando cuerpos desnudos o mutilados.
Londres: el infame Bedlam
En Inglaterra, la locura pasó de ser vista como castigo divino a considerarse una enfermedad que requería confinamiento. El Bethlem Royal Hospital, conocido como Bedlam, se convirtió en el primer manicomio de la ciudad.

Bedlam no destacó por avances médicos, sino por el trato brutal a los pacientes, encadenados y maltratados. Aún peor, en el siglo XVIII y parte del XIX, el hospital se transformó en atracción turística. Por una moneda (un penny) – y el primer martes de cada mes era gratuito – los visitantes podían observar a los internos, a veces incitándolos con palos o alcohol para aumentar el espectáculo. En 1814 se registraron más de 96.000 visitas, convirtiéndolo en el mayor espectáculo de Londres.
El siglo XIX fue una época de grandes avances, pero también conservó costumbres que revelan los instintos más primitivos y deshumanizadores de la sociedad.