Contexto histórico y literario
Shakespeare escribió Enrique VI y Ricardo III durante el reinado de Isabel I, la última monarca de la dinastía Tudor. En ese momento ya circulaban más de un siglo de relatos sobre Ricardo, cada uno añadiendo detalles cada vez más sensacionalistas. La obra de Shakespeare representa la culminación de esa tradición, pero no se puede afirmar que los Tudor orquestaran un plan deliberado para destruir la imagen del rey de 1485.
El mito de Ricardo III
Según el historiador Matthew Lewis, la percepción negativa de Ricardo se construyó gradualmente: desde John Rous, que lo describió como un monstruo ambicioso, pasando por Polidoro Vergilio, Thomas More y la Crónica de Hall, hasta llegar a Shakespeare, quien simplemente ofreció al público una versión más dramática del mito. Cada narrador añadía un «eslabón» –un crimen, una traición o un giro inesperado– para captar la atención de una audiencia que ya conocía la historia.
Incluso frases icónicas, como el famoso «¡Un caballo, mi reino por un caballo!», han sido reinterpretadas. En el contexto de la obra, Ricardo pide un caballo para volver al combate, no para huir cobardemente, como a menudo se ha entendido.
Shakespeare y la política de Isabel I
La obra se escribió a mediados de la década de 1590, cuando la cuestión de la sucesión era un tema delicado. Isabel I no tenía heredero y la incertidumbre sobre si el próximo monarca sería católico o protestante generaba tensión. Algunos estudiosos sostienen que Shakespeare, posible católico clandestino y cercano a los condes de Essex y Southampton, utilizó sus obras para transmitir mensajes codificados.
Robert Cecil como posible objetivo
Un personaje contemporáneo que podría haber inspirado al “hunchback” de Shakespeare es Robert Cecil, hijo del influyente William Cecil, principal consejero de Isabel. En 1590 Robert se convirtió en secretario de Estado y, junto a su padre, trabajó para asegurar que el sucesor fuera el protestante Jacobo VI de Escocia. Lewis sugiere que la representación de Ricardo como usurpador y tirano era una advertencia velada contra Cecil, quien estaba tramando la caída de los Tudor.
En la obra, la ruptura del orden sucesorio y la violencia de Ricardo reflejan, según esta interpretación, la ambición de Cecil y la amenaza que su plan representaba para los católicos ingleses.
El papel de la religión
La lucha entre la voluntad humana y el plan divino es otro eje central. Según Lewis, Cecil pretende imponer un sucesor protestante contra la “verdadera” fe católica, actuando en contra de la voluntad de Dios. De este modo, Shakespeare usaría la tragedia para subrayar la peligrosidad de una sucesión forzada y la necesidad de un rey que respete la religión tradicional.
Conclusiones
Si bien la teoría de que Shakespeare codificó una crítica a Robert Cecil no puede probarse con certeza, muestra cómo la obra refleja los temores de su época: la sucesión incierta, el conflicto confesional y la manipulación política. Al mismo tiempo, la representación de Ricardo III ha dejado una huella indeleble en la imaginación colectiva inglesa, eclipsando en gran medida la figura histórica del último Plantagenet.
En última instancia, sin Shakespeare probablemente no conoceríamos tan vivamente la disputa por el trono de 1455 ni al enigmático rey que reinó apenas dos años.