El 1 de septiembre de 1939, en Estocolmo, se vendían entradas para los estrenos de la temporada en la taquilla de Rigoletto. Ese mismo día se proyectó en Suecia la película americana Fury, dirigida por Fritz Lang y protagonizada por Sylvia Sidney y Spencer Tracy, mientras el Dramaten inauguraba su repertorio de otoño con la obra Golden Wedding.
Sin embargo, el ambiente estaba cargado de ansiedad. Los supermercados estaban abarrotados; los ciudadanos compraban alimentos, sobre todo café. Los balcones a lo largo del paseo Norr Mälarstrand se habían convertido en despensas improvisadas, de modo que el aroma a granos era más intenso que el olor del mar.
Suecia y el estallido de la Segunda Guerra Mundial
Al mismo tiempo, el gobierno sueco se reunía en el Kanslihuset de Mynttorget bajo la presidencia de Per Albin Hansson. Según el diario Social‑Demokraten, el primer ministro «lucía tan tranquilo como siempre». El ministro de Defensa, Per Edvin Sköld, también asistía. En esa sesión se tomaron decisiones clave:
- Suecia mantendrá la neutralidad.
- Se convocará una reunión extraordinaria del gobierno el viernes siguiente.
- Se incrementará la preparación militar y se introducirá el racionamiento de gasolina.
Muchos compararon la situación con la Primera Guerra Mundial, cuando Suecia también había permanecido al margen del conflicto. Se admitió que la vida era difícil: escaseaban leche, huevos, pan y mantequilla. «Será duro, pero sobreviviremos», se prometió.
Este fragmento proviene del libro Un país que no es para todos: Sobre el nacionalismo sueco, publicado recientemente bajo el sello de Curiosidades Históricas.
En la misma línea, Per Albin Hansson dirigió un discurso radiofónico en el que enfatizó la necesidad de «mantener al país fuera de la guerra y proteger los valores nacionales inalienables», pilares que, según él, solo podían garantizarse mediante la solidaridad y la responsabilidad colectiva. Además, exigió a periodistas y líderes de opinión un uso responsable de la libertad de expresión. El gobierno movilizó a decenas de miles de hombres, listos para servir bajo la bandera en cualquier momento.
¿Qué ocurrió con los inmigrantes?
La solidaridad nacionalista llevó a una mayor exclusión de los extranjeros. Hasta entonces, la presencia de judíos o católicos en Suecia requería un permiso especial, pues la mayoría de la población era monoteísta y prácticamente monoétnica desde la separación de Finlandia en 1809.
Grupos como los gitanos fueron prohibidos de entrar en 1914; la prohibición se mantuvo hasta 1954. La Ley de Extranjeros de 1927, influida por la biología racial, pretendía proteger a los trabajadores suecos de la competencia extranjera y preservar la supuesta pureza del pueblo. Un documento oficial declaraba:
«El hecho de que nuestra población sea excepcionalmente homogénea es un valor incalculable. Por ello, debemos controlar la entrada de representantes de otros pueblos que no deben interferir con nuestro pueblo».
El diplomático Folke Malmar, en octubre de 1938, advirtió sobre los peligros de una política demasiado generosa hacia los judíos: primero la compasión, luego la incomodidad, el resentimiento y, finalmente, la persecución.
Ese mismo año se produjo la Kristallnacht en Alemania, pero Suecia no modificó sus requisitos de pasaporte que obligaban a estampar una «J» en los documentos de origen judío. Los socialdemócratas propusieron flexibilizar la legislación migratoria, pero se encontraron con la oposición de estudiantes y sindicatos. En primavera de 1939, alumnos de Lund y Uppsala exigieron el cese de la entrada de judíos, argumentando que los extranjeros ocuparían empleos locales.
La situación de la población judía en Suecia
El 1 de septiembre de 1939, 16 judíos fueron expulsados al intentar cruzar la frontera con Estonia. Fueron interceptados por la patrulla costera estonia, detenidos e internados en la isla de Utö. Según el diario Dagens Nyheter, no se les permitió entrar porque carecían de «documentos satisfactorios». Finalmente fueron devueltos a Estonia, donde fueron arrestados y enviados a Lituania.
Probablemente pocos lectores notaron ese hecho, pues la atención se centró en la escasez de café, como describió la escritora Astrid Lindgren en su diario: «Cuando fui a mi cafetería y quise comprar un cuarto de kilo, encontré un cartel: Cerrado. Café agotado».
Recuerdos de Alfred Laufer
Alfred Laufer, enfermera polaca originaria de Łódź, llegó a Suecia como refugiada en 1945 y vivió en un sanatorio convertido en centro de acogida. Si hubiese llegado antes de la guerra, su pasaporte habría llevado el sello «J».
En su testimonio narra la brutalidad del gueto de Łódź: la imposición de distintivos amarillos, la escasez de alimentos, el frío, las epidemias de tifus y cólera, y la constante amenaza de muerte por leer un periódico o escuchar la radio. Describe también la llegada de los camiones del Rollkommando el 1 de septiembre de 1942, que deportaron a cientos de enfermos bajo la amenaza de ejecución.
Estas vivencias quedaron fuera del foco de la prensa sueca, que rápidamente volvió a su rutina cotidiana.
Prensa sueca durante la guerra
Las escuelas continuaron su actividad normal; los niños aprendían geografía y tablas de multiplicar, mientras los adultos leían novelas de guerra como Step by Step de Winston Churchill o ¿Puede Alemania ganar? de Ivan Lajos. La mayoría de los periódicos suecos apenas mencionaban la persecución de los judíos, limitándose a breves notas. Un ejemplo irónico del Svenska Dagbladet (17 enero 1940) describía la segregación en los tranvías de Varsovia como medida contra el tifus.
En noviembre de 1941, Dagens Nyheter informó de forma sobria que el gobernador general de Cracovia había decretado pena de muerte para los judíos que abandonaran el gueto sin autorización.
Control de la opinión pública
El gobierno entregó a los redactores "tarjetas grises" con listas de temas permitidos y prohibidos, prohibiendo la sátira y las insinuaciones dañinas. En primavera de 1940, decenas de publicaciones fueron confiscadas, normalmente por criticar a Hitler. El ministro de Justicia, Karl Gustaf Westman, advirtió que la población no debía tratar la guerra como un club de debate.
¿Un cambio de rumbo?
En junio de 1940, tras la rendición de Noruega, el rey Haakon VII y el heredero Olof buscaron refugio en Londres. Al mismo tiempo, Suecia permitió el paso de trenes militares alemanes, mayormente de noche, para no alarmar a la población. No fue sino hasta la ruptura de la ofensiva alemana en 1942‑43 que el gobierno sueco empezó a inclinarse hacia una postura pro‑occidental.
En otoño de 1944, Suecia cortó sus relaciones comerciales con Alemania y colaboró en la formación de policías noruegos y daneses. El propio Per Albin Hansson ofreció ayuda militar a los países escandinavos; el primer ministro danés Wilhelm Buhl informó en noviembre de 1943 que, de ser necesario, Dinamarca solicitaría asistencia sueca.
Como pregunta que surgió en ese contexto, la trabajadora social Anna Jachnina, refugiada de Varsovia, se preguntó: «¿Por qué no se hizo nada?»
Fuente
Extracto del libro Un país que no es para todos: Sobre el nacionalismo sueco, publicado por Wydawnictwo Poznańskie bajo la serie Curiosidades Históricas.