Historia de Europa

La histórica batalla naval de Salamina: una visión polémica, Parte II

Introducción

En este segundo artículo analizamos los puntos más controvertidos de la batalla naval de Salamina (480 a.C.). Existen dos versiones principales sobre la disposición de las flotas y sobre cómo se desarrolló el enfrentamiento.

¿Dónde estaban las flotas?

Según la versión dominante, la armada persa se alineó a lo largo de la costa norte del estrecho, en la zona de Perama, mientras que los griegos se ubicaron frente a la costa de Salamina. La segunda hipótesis sitúa a los persas fuera del estrecho, en su margen oriental, y a los griegos dentro, mirando hacia el puerto de Pireo.

Los defensores de la primera teoría afirman que los persas entraron al estrecho en la noche anterior, aprovechando la luz de la luna. Sin embargo, surge la incógnita de por qué los griegos no reaccionaron ante una aproximación tan cercana. La respuesta plausible es que los persas no pudieron haber entrado de noche: la maniobra habría sido extremadamente arriesgada, los navegantes fenicios eran expertos y Xerxes no habría ordenado una acción tan temeraria.

Heródoto no ofrece una descripción clara, lo que ha permitido a historiadores posteriores llenar los vacíos con suposiciones. Aquellos que han navegado por el estrecho conocen su geografía y, en base a ello, apoyan la segunda hipótesis: los persas bloqueaban la salida oriental (Keratsini‑Psittaleia‑Selenia) y los griegos se mantenían dentro, mirando hacia Pireo.

El clima del día de la batalla

Heródoto menciona un fuerte viento del oeste que arrastró varios naufragios a la costa de Koliada. Estudios de los registros navales realizados por el vicealmirante Periklis Rediádiz en 1902 confirman que en septiembre soplan vientos del norte que giran a occidente al mediodía. Este patrón favoreció a los griegos, que tenían la proa orientada al norte‑noroeste, mientras que los persas, situados al sur del viento, luchaban contra él.

Antecedentes de la confrontación

Tras la derrota en las Termópilas, los atenienses evacuaron la ciudad, enviando a mujeres, niños y no combatientes a Troizená. La flota ateniense, junto con la de otras polis, se refugió en la segura bahía de Salamina. El ejército terrestre, mayoritariamente espartano, se atrincheró en el istmo de Corinto.

Themistocles, elegido líder entre los diez generales griegos, comprendió que la estrechez del estrecho neutralizaría la superioridad numérica persa. Su plan consistía en obligar al enemigo a pelear en aguas familiares para los griegos, mientras los persas quedarían expuestos a la confusión y al desorden.

El debate interno entre los griegos fue intenso. Eurybiades, comandante espartano, quería evitar la batalla, mientras que Themistocles defendía la acción inmediata. Finalmente, la intervención de Aristides, que escapó de la línea persa para avisar a los aliados, y la información de Panaitios de Tinos sellaron la decisión de combatir.

El día de la batalla (22 de septiembre)

Los griegos se disponieron en línea con los atenienses a la izquierda (hacia Perama) y los espartanos a la derecha (hacia Salamina), todos mirando hacia Pireo. Los corintios, aunque ausentes durante el combate, probablemente custodiaron la salida al Golfo de Eleusis.

Al amanecer, los persas escucharon el clamor de los griegos y avanzaron. Los fenicios estaban frente a los atenienses y los jonios frente a los espartanos. Al percibir la retirada de los griegos, los persas intentaron acelerar la persecución, pero su falta de conocimiento del estrecho provocó colisiones entre sus propias naves.

El primer choque se atribuye a la trirreme de Ameinias de Pallene, aunque otras fuentes señalan a naves de Aegina. Lo esencial fue que los griegos demostraron una superioridad naval y una coordinación impecable.

Desarrollo de la batalla

Las trirremes griegas, aunque más pesadas y menos maniobrables que las persas, estaban bien tripuladas y utilizaban el ariete como arma principal. Cada nave llevaba entre 10 y 15 soldados, entre ellos arqueros y lanceros. Los fenicios, expertos navegantes, y los jonios, aunque esclavizados, aportaron su experiencia marítima.

Al principio los fenicios retrocedieron, seguidos por los lícidas y los kilikos. Este retroceso provocó un caos que los persas intentaron explotar, pero terminaron chocando entre sí. La táctica de Themistocles funcionó a la perfección: los persas, atrapados en el estrecho, fueron aniquilados.

Se estima que unos 200 barcos persas fueron hundidos, mientras que las pérdidas griegas rondaron los 40. Los remanentes persas huyeron hacia los anclajes de Falero, donde el viento occidental los arrastró.

El final de la batalla

En la isla de Psittaleia, Aristides desembarcó con infantes atenieses y masacró a los persas que habían llegado allí. Heródoto describe este episodio como la exterminación total de la guarnición persa.

Tras la derrota, Xerxes, al ver su flota destruida, abandonó Grecia. Su retirada marcó el fin de la primera fase de las Guerras Médicas. La victoria en Salamina salvó la civilización griega y, por extensión, el futuro del mundo occidental.

Consecuencias y legado de Themistocles

Themistocles fue honrado en Atenas, pero su vida posterior fue turbulenta: fue exiliado, encontró refugio en Magnesia y murió en el exilio, según distintas fuentes, ya sea por suicidio o enfermedad. Su tumba sigue siendo un misterio, aunque se han encontrado monumentos que podrían estar vinculados a él.

El reconocimiento de su genio estratégico llegó mucho después; la alianza de Delos y la hegemonía ateniense fueron frutos directos de su visión. Sin embargo, la memoria popular tardó siglos en valorarlo plenamente.

Conclusión

La batalla naval de Salamina sigue siendo objeto de debate entre historiadores. La evidencia sugiere que los persas bloqueaban la salida oriental del estrecho y que los griegos, bajo la dirección de Themistocles, supieron aprovechar el terreno y el clima a su favor. El resultado fue una victoria decisiva que aseguró la continuidad de la cultura griega.