Entusiasmo inicial
Al estallar la Primera Guerra Mundial, gran parte de la población rusa recibió la noticia con entusiasmo. Muchos veían el conflicto como una oportunidad para ampliar el Imperio, asegurar puertos cálidos en el mar Báltico y, sobre todo, defender a sus hermanos eslavos en Serbia. El nacionalismo estaba en auge y la idea de un deber histórico impulsaba la movilización.
El desgaste del conflicto
Conforme la guerra se prolongó, el ánimo popular empezó a decaer. Las enormes pérdidas humanas y el agobio de la economía fueron intolerables. Además, la gestión del esfuerzo bélico por parte del gobierno zarista resultó ineficaz: suministros escasos, falta de equipamiento y una logística caótica alimentaron el descontento general.
El colapso del apoyo y la revolución
Para 1917 la paciencia del pueblo había llegado a su límite. La Revolución de Febrero obligó a la abdicación del zar Nicolás II y la creación de un Gobierno Provisional, que intentó mantener la guerra sin éxito. En octubre (noviembre según el calendario gregoriano) los bolcheviques tomaron el poder y, entre sus primeras medidas, firmaron un armisticio con Alemania, poniendo fin a la participación rusa en el conflicto.