Historia antigua

Evolución de la medicina forense a lo largo de la historia

Evolución de la medicina forense a lo largo de la historia La historia de la medicina forense comienza con la desaparición de una persona, ya sea por causas naturales o por una muerte violenta. En estos últimos casos, es necesario identificar al autor del delito, presentar la evidencia adecuada en juicio y, para ello, conocer las lesiones corporales sufridas por la víctima. La medicina forense es la herramienta esencial para la investigación judicial y la búsqueda de la verdad.

Los primeros textos legales

Ya en el 2100 a.C. (o alrededor del 1750 a.C.) los cuerpos se exponían para verificar su identidad, aunque no se realizaban autopsias como las actuales; simplemente se retiraban las heridas y se examinaban los órganos afectados. Esta práctica requería médicos capacitados, lo que dio origen al juramento hipocrático en el siglo IV a.C.: “Abstendré de todo mal y de toda injusticia… no proporcionaré veneno a quien lo solicite”.

En el siglo VI d.C. surgió la figura del médico forense, que se convirtió en un verdadero auxiliar de la justicia: inspeccionaba la piel, observaba los orificios y anotaba, entre otras cosas, los efectos de los venenos.

De la Edad Media al inicio del Imperio

Una ley de la época definió el papel del perito médico, estableciendo que debía emitir juicio imparcial y que los magistrados debían basarse en su testimonio para casos de golpes, heridas u homicidios. Un ejemplo es el informe de 1532 sobre el asesinato del señor de Clanay, que describía detalladamente las heridas de espada y daga que recibió.

En Europa, Federico II organizó estudios médicos y, en 1241, emitió un edicto que autorizaba la disección de cadáveres. Ciento treinta años después, el Papa concedió a la Universidad de Montpellier el privilegio de realizar autopsias.

Evolución de la medicina forense a lo largo de la historia La medicina forense cobró gran relevancia en el siglo XVI. Carlos V redactó un Código Criminal (1530‑1532) y Ambroise Paré plasmó las primeras nociones forenses en sus “Libros de cirugía”, accesibles incluso para legos. Zacchias, médico del Papa Inocencio X, compiló sus experiencias en “Preguntas médico‑legales” (1621‑1635). Vesalio, profesor de anatomía en Bolonia y Pisa, publicó obras ilustradas sobre el funcionamiento del cuerpo humano y llegó a ser médico imperial de Carlos V.

En 1700, Pierre Dionis, médico de la reina María Teresa de Austria, recomendó que la autopsia se realizara dentro de las 24 horas posteriores al fallecimiento, para confirmar la muerte y evitar sospechas sobre la rapidez del examen. Además, proponía que la autopsia se efectuara en el lugar donde se encontró el cuerpo.

Con el tiempo se mejoraron los métodos de conservación, lo que permitió exhumaciones posteriores cuando la causa de muerte no se había determinado con claridad. Un caso ilustrativo es el del sirviente de San Nectaire (1765), cuya muerte repentina se investigó una semana después de haber recibido un disparo en la rodilla.

Tras la Revolución, entre 1794 y 1795, surgieron numerosos avances: microscopio, radiología, toxicología y la creación de cátedras de medicina forense en todas las facultades de medicina.

La medicina forense en los siglos recientes

El siglo XIX vio una explosión de conocimientos. Haussmann construyó una morgue (más tarde Instituto Forense en el Quai de la Rapée, París) con técnicas de refrigeración que permitieron conservar los cuerpos, que antes se exhibían al público durante tres días sin preservación.

Evolución de la medicina forense a lo largo de la historia Los informes médicos se hicieron más completos y precisos, describiendo rigor mortis, descomposición, hemorragias, colores de la piel y hallazgos de análisis de sangre. Los descubrimientos de Pasteur, Claude Bernard y Fleming introdujeron la microbiología en la práctica forense. Además, la psicología y la psiquiatría empezaron a influir en los casos criminales; el caso de Antoine Léger (1824), acusado de asesinar y canibalizar a una niña, llevó a autopsiar su cráneo para buscar neurosis cerebrales.

En 1831 apareció un “Tratado sobre exhumaciones legales”, que desmontó la creencia de que exhumar era dañino para el cadáver. Los expertos demostraron que el arsénico no retardaba la descomposición como se creía, aunque sí actuaba como momificante.

Hoy en día la exhumación y la re‑evaluación de pruebas son prácticas habituales para esclarecer muertes misteriosas, como las de Carlos XII de Suecia o del Gran Duque de Toscana.

¡Los esqueletos aún tienen mucho que contar!

Bibliografía

Los secretos de los grandes crímenes de la historia – Philippe Charlier. Vuibert, 2012.

Una historia de la medicina forense y la identificación criminal. PUF, 2015.