Historia antigua

Mazarrón 2: un barco que ilustra el intercambio cultural fenicio‑ibérico en el Mediterráneo

Mazarrón 2: un barco que ilustra el intercambio cultural fenicio‑ibérico en el Mediterráneo

En medio de esas innovaciones tecnológicas, los habitantes de la costa oriental del Mediterráneo, los fenicios, surcaron las costas egipcia y norteafricana hasta llegar a la otra orilla, la más occidental, la que los griegos llamaban Ibérica. Este proceso tuvo lugar entre los siglos VI y V a.C. y forma parte de la protohistoria de la Península Ibérica, una fase en la que los pueblos ya utilizaban una escritura que aún no comprendemos, aunque su existencia se relata en lenguas clásicas que nos han llegado.

Los pobladores locales del área ibérica estaban distribuidos desde el golfo de Liguria hasta más allá del estrecho de Gibraltar, extendiéndose también a la costa atlántica peninsular y al norte de África. En esos lugares comenzaron a llegar minorías mediterráneas, sobre todo comerciantes fenicios, cuyas naves mostraban una maestría en la construcción y la navegación adelantada a su tiempo. Además de transportar mercancías, los fenicios llevaban consigo conocimientos, ideas y modos de vida, generando un proceso de aculturación mucho más profundo que el simple intercambio comercial.

Los barcos fenicios

Ya a mediados del siglo VIII a.C. los fenicios disponían de embarcaciones mercantes impulsadas por vela y tripuladas por escasas personas, lo que las convertía en medios de comunicación y transporte eficientes y económicos. Según el arqueólogo Barry Cunliffe, esas naves podían cargar entre 90 y 450 toneladas de mercancía. Eran relativamente lentas, con una velocidad de crucero de unos cinco nudos, pero esa constancia les permitía recorrer hasta 120 millas náuticas en un día, algo imposible por tierra.

La tecnología constructiva de los barcos fenicios estaba ligada al arte de la navegación. Como citan el geógrafo griego Estrabón y los escritores del Antiguo Testamento Isaías y Ezequiel, eran “los mejores navegantes del mundo”. Medían la altura de las estrellas sobre el horizonte y trazaban direcciones manteniendo la latitud, evitando la costa y los peligros geográficos. No obstante, no podían calcular la longitud, técnica que sólo se logró en el siglo XVIII con el cronómetro de precisión.

Para Plinio, los fenicios habrían aprendido de los caldeos a guiarse por las estrellas y aplicaron ese saber para surcar alta mar. También compartieron experiencias marítimas con los griegos, con quienes mantuvieron contactos desde el siglo VIII a.C.; los marineros griegos, según Homero, navegaban de noche guiados por la posición de los astros.

La llegada de los barcos fenicios a la península ibérica influyó en las comunidades indígenas, generando préstamos culturales en un entorno de mutuo uso del conocimiento. La tecnología naval también formó parte de ese intercambio; las naves eran máquinas sofisticadas diseñadas para navegar semanas o meses en un entorno hostil.

Los naufragios fenicios descubiertos forman el corpus del registro material que permite estudiar sus técnicas de construcción naval. Sin embargo, el número de restos es limitado, como señala la arqueóloga italiana Chiara Mauro. Uno de esos hallazgos se sitúa a escasos metros de la costa murciana de Mazarrón, a dos metros de profundidad y en excepcional estado de conservación, lo que permitió una excavación completa entre 1999 y 2001, con posteriores campañas en 2008‑2009 y 2019‑2020.

Mazarrón 2

El naufragio conocido como Mazarrón 2 se encuentra en la zona de la Playa de la Isla, frente al municipio que le da nombre. Los hallazgos arqueológicos datan desde finales del siglo VIII a.C. hasta mediados del siglo VI a.C., según los estudios de Iván Negueruela.

El profesor Juan Blánquez, de la Universidad Autónoma de Madrid, resumió en el VII Congreso Internacional de Estudios Fenicio‑Púnicos la hipótesis de que la embarcación podría ser una pequeña nave de apoyo dentro de una flotilla auxiliar. Esa idea coincide con las propuestas de Chiara Mauro y María Aubet, y con el descubrimiento de dos barcos fenicios muy próximos frente a Ashkelón (Israel) y de otro naufragio en Mazarrón, llamado Mazarrón 1, del que sólo se conserva una parte del costado.

Mazarrón 2: un barco que ilustra el intercambio cultural fenicio‑ibérico en el Mediterráneo

Inicialmente se planteó un origen claramente fenicio, pero luego se matizó con la posibilidad de que fuese una construcción local. Una tercera propuesta sugiere que se trata de una variante regional de una nave local inspirada en los barcos tesoro fenicios, construida en la península oriental alrededor del siglo VI a.C. por ibéricos que aprendieron la técnica fenicia observando sus naves.

El arqueólogo Carlos de Juan, basándose en las investigaciones de Patrice Pomey (2012), aboga por reinterpretar las características constructivas de Mazarrón 2 como evidencia de una adaptación al entorno geográfico local.

Las dimensiones de la embarcación son 8,15 m de eslora, 2,25 m de manga y 0,9 m de calado. Es una nave sin cubierta, cuya estructura no parece apta para travesías largas. Según estos datos, un origen fenicio, que requeriría un viaje de unas 2 300 millas náuticas, sería poco probable. En cambio, podría pertenecer a una familia constructiva diferenciada de otros naufragios fenicios, como el de Bajo de la Campana, de unos 20 m, que transportaba, entre otras cosas, colmillos de elefante africano.

Los detalles de la carpintería confirman el uso de conocimientos tradicionales fenicios, con aportaciones locales. La forma de ensamblar los escuadrones del casco parece “claramente de mano fenicia”, según el Dr. de Juan, y se ha observado en otros naufragios mediterráneos, como los de Turquía (Uluburum o Cabo Gelidonia). Además, la unión del cockpit, base del mástil, constituye un unicum arqueológico que refuerza la idea de contribuciones locales. Otros rasgos, como la disposición de los cuadernos (originalmente pensados como de higuera, ahora identificados como de enebro), evidencian la convergencia de dos mundos: el levante ibérico‑mediterráneo y el este fenicio. También se perciben soluciones técnicas de origen griego e incluso egipcio, como un tipo específico de timón.

Los especialistas en arquitectura naval antigua suelen llamar a estas pequeñas embarcaciones “botes” más que “barcos”, por su escasa eslora y calado (menos de un metro). Todo indica que se trataba de un buque destinado a navegaciones costeras cortas, capaz de internarse en puertos o ríos para abastecerse o refugiarse de tormentas, pero no adecuada para la alta mar.

El naufragio transportaba 2 800 kg de mercancía: lingotes de plomo fundido (litharge) en forma de pasteles, subproducto de la extracción de plata que probablemente se reutilizaba en procesos de copelación. Los análisis isotópicos indican que el mineral proviene de las minas de Mazarrón o Cartagena. Además, se hallaron una mano de molino de granito, una cesta de esparto con mango de madera y una ánfora tipo Trayamar 1, reutilizada para llevar agua. Esta ánfora, cuya tipología se asocia a entre 610 y 570 a.C., se fabrica en Málaga y ayuda a delimitar la ruta comercial.

En conjunto, los nuevos datos y la reinterpretación de los existentes apoyan la hipótesis de que Mazarrón 2 fue construida en la zona oriental de la península, en un astillero cercano, combinando técnicas locales con influencias fenicias. Así se confirma la existencia de una tradición constructora ibérica en el periodo arcaico, entre el siglo VII y principios del VI a.C.

Bibliografía

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Este artículo fue finalista del IV Concurso Desperta Ferro de Micro‑Ensayo Histórico. La documentación, veracidad y originalidad son responsabilidad exclusiva del autor.