La historia de las revoluciones suele centrarse en grandes figuras: ideólogos, políticos y soldados. Sin embargo, detrás de cada discurso hay cientos de personas que escuchan, organizan, trabajan y, a veces, sacrifican su vida cotidiana para mantener viva la resistencia. Este fue el caso de la revolución que desencadenó la Guerra Civil Siria.
Los primeros comités: los Tanseequiyat
Al inicio de las protestas contra el régimen sirio surgieron los Tanseequiyat, también llamados comités de coordinación locales. Según Robin Yassin‑Kassab y Leila al‑Shami en Country on Fire, estos grupos estaban formados por cinco o seis personas de confianza que operaban en secreto para fomentar la oposición. Cada célula tenía su propia ideología, abarcando desde la izquierda hasta la derecha, lo religioso y lo secular, creando un mosaico plural que mostraba que la revolución surgió en las calles sin ser monolítica.
La vida cotidiana de los activistas
Los miembros de estos comités renunciaron a sus empleos y carreras para dedicarse a la resistencia. Sus tareas incluían:
- Organizar manifestaciones y diseñar pancartas.
- Construir barricadas para proteger a las grandes filas de manifestantes.
- Documentar los hechos y difundirlos en redes sociales, convirtiendo la guerra en un conflicto también digital.
- Montar hospitales de campaña improvisados y distribuir alimentos y medicinas en barrios sitiados.
Los Comités de Coordinación Local (LCC)
Poco después, surgieron los Comités de Coordinación Local (LCC), una organización más centralizada que se remonta al 16 de marzo de 2011, cuando una protesta frente al Ministerio del Interior pidió la liberación de presos políticos. Líderes civiles organizaron a activistas para que regresaran a sus regiones y replicaran la estructura.
Los LCC tenían objetivos claros:
- Conectar las pequeñas unidades revolucionarias de cada sector.
- Sincronizar una visión política común.
- Documentar y difundir los abusos del régimen.
- Capacitar a la población en el uso de webcams y teléfonos móviles para registrar y subir evidencia.
Desafíos internos y la militarización
Políticamente, los comités buscaban coordinar la oposición mediante la acción colectiva y la no violencia. No obstante, el idealismo generó tensiones: las distintas corrientes políticas y religiosas comenzaron a competir, y surgieron conflictos generacionales entre jóvenes revolucionarios y líderes tradicionales. En varias ocasiones se intentó excluir a las mujeres de la toma de decisiones.
La creciente militarización del conflicto, que los LCC siempre habían intentado evitar, marcó el inicio de su declive. En una declaración del 29 de octubre de 2011, los LCC rechazaron la convocatoria a tomar las armas o solicitar intervención militar extranjera, considerándola inaceptable política, nacional y éticamente.
Divisiones religiosas y el caso de la “Duma Four”
El lema "La libertad es mi secta" reflejaba la intención de no reducir la guerra a un conflicto religioso. Cristianos, alauíes, chiíes y sunitas participaron en los comités, aunque el régimen de Bashar al‑Asad también explotó las diferencias confesionales.
Un episodio emblemático fue la desaparición de la "Duma Four" –Razan Zaitún, Wael Hamadeh, Shamira Jalil y Nazem Hamadi – el 9 de diciembre de 2013 en el barrio Duma de Damasco. Se presume que fueron secuestrados por Jaish al‑Islam, una facción islamista radical dentro de la rebelión, y su paradero sigue desconocido.
Situación actual
Los Comités de Coordinación Local parecen haber perdido gran parte de su influencia, al igual que la propia rebelión que dio origen a la Guerra Civil Siria. Hoy se encuentran en una etapa de declive, sin lograr superar los retos internos y externos que los plagaron desde sus inicios.