
En los primeros meses de 1974 el MPLA se fracturó en tres corrientes: una dirigida por Agostinho Neto desde Tanzania y dos más respaldadas por Zambia y el Congo. Moscú intentó recomponer la unidad del movimiento y crear un frente de liberación junto al FNLA, pero la falta de avances provocó la retirada del apoyo soviético; para marzo de ese año el MPLA había dejado de ser una fuerza eficaz.
La caída del Estado Novo tras la Revolución de los Claveles (1974) obligó al nuevo gobierno portugués a reconocer la independencia de sus colonias. El Kremlin volvió a intervenir para ganar el apoyo de los pueblos coloniales y, en Angola, intentó reforzar al MPLA bajo el liderazgo de Neto. En octubre la URSS modificó su estrategia: en lugar de forzar la unificación del MPLA, decidió fortalecer a los partidarios de Neto. El 21 de octubre se firmó un alto el fuego entre Portugal y el MPLA, que recuperó apoyo popular y ocupó enclaves petroleros en Cabinda. Mientras tanto, el FNLA recibía armas, suministros e instructores de China y avanzaba en el norte, y UNITA había pactado un alto el fuego con los portugueses y reclutaba guerrilleros en sus bases del este.
Del Acuerdo de Alvor a la intervención internacional
Tras escaramuzas entre MPLA y FNLA a finales de 1974, varios jefes de Estado africanos lograron que los tres movimientos participaran en negociaciones con Portugal. El 15 de enero de 1975 se firmó el Acuerdo de Alvor, que preveía la transferencia del poder a una coalición angoleña el 11 de noviembre. En la práctica, la “coalición” nunca fue tomada en serio; tanto la Unión Soviética como Estados Unidos sabotearon el acuerdo y la descolonización portuguesa se realizó de forma improvisada, sin un plan claro de transición.
Durante el verano de 1975 el gobierno provisional angoleño colapsó. Cuando el 10 de noviembre la bandera portuguesa bajó por última vez, el Alto Comisionado entregó el poder a “todos los angoleños”, lo que alimentó la anarquía. La ausencia de autoridad portuguesa abrió la puerta a una intervención extranjera sin restricciones: FNLA y UNITA buscaban ayuda para eliminar la «amenaza comunista» del MPLA, mientras que este último pedía apoyo contra el «desafío neocolonial» de sus rivales.
Intervención soviética y cooperación cubano‑soviética
La intervención soviética en Angola en 1975 padeció los mismos problemas que las anteriores aventuras africanas de Khrushchev: ausencia de un plan claro y de un responsable definido. Brezhnev delegó el tema al aparato del Partido y, al final, una troika compuesta por los ministros de Relaciones Exteriores y Defensa y el director del KGB tomó el control, más preocupado por intrigas políticas que por la ejecución de la misión.
Aun así, a finales de 1974 se inició una rápida expansión de la cooperación militar soviético‑cubana. Después de la ruptura de 1962, Castro envió a Brezhnev un plan para trasladar unidades cubanas a Angola. Aunque el premier soviético se mostró reacio, Cuba logró desplegar tropas en suelo angoleño y, en noviembre de 1975, combatía junto al MPLA en la llamada “Operación Carlota”. La presencia cubana alcanzó su pico con entre 12 000 y 36 000 soldados, cientos de tanques T‑34 y T‑54, misiles SAM‑7, misiles antitanque y cazas MiG‑21.

Respuesta estadounidense y la invasión sudafricana
La administración Ford no permitiría que el MPLA tomara el poder. En julio de 1975 autorizó una operación encubierta a gran escala para apoyar al FNLA (tradicionalmente respaldado por la CIA) y a UNITA. En tres meses la CIA destinó 50 millones de dólares a entrenar, equipar y transportar fuerzas anti‑MPLA. Ese verano el FNLA lanzó ofensivas limitadas en la costa y el norte, mientras que el MPLA contraatacó, tomó Luanda y avanzó hacia los bastiones del FNLA.
En agosto, fuerzas sudafricanas cruzaron la frontera sur de Angola y tropas zaireanas se unieron al FNLA en el norte. Los avances del MPLA fueron frenados y Neto se vio obligado a retroceder hacia Luanda. La llegada de los cubanos en septiembre‑octubre no bastó para revertir la situación; el MPLA seguía retrocediendo ante la presión de ZAIRE, FNLA y UNITA, esta última apoyada por Sudáfrica.
Irónicamente, la invasión sudafricana de octubre impulsó la victoria del MPLA. Moscú decidió reforzar la operación cubana; el 11 de noviembre, cuando el MPLA proclamó su independencia a pocos kilómetros de la capital, llegaron grandes contingentes de cubanos en aviones soviéticos.
En noviembre, una fuerza de UNITA liderada por 6 000 soldados sudafricanos reconquistó el territorio perdido, pero los cubanos detuvieron su avance en dos batallas al sur del río Cuanza. El 19 de diciembre, el Senado de EE. UU. votó el bloqueo de financiación a operaciones encubiertas en Angola, y Pretoria se retiró al borde de la frontera.
Fin de la guerra civil angoleña
Para febrero de 1976 la mayoría de los países africanos ya habían reconocido al gobierno de Neto. El 11 de ese mes, los forces anti‑MPLA perdieron su capital, Huambo. En marzo, la guerra estaba prácticamente decidida: el FNLA había abandonado sus operaciones y los últimos 2 000 guerrilleros de UNITA se retiraron a la selva del sureste.
La victoria del MPLA supuso varios beneficios para la URSS: rompió una serie de reveses iniciados con la caída de Salvador Allende en Chile, reforzó la alianza con Cuba, incrementó la influencia soviética en Zimbabue, Mozambique y Sudáfrica, y ganó apoyo entre los países no alineados. Además, la Operación Carlota continuó durante 16 años, permitiendo a Cuba intervenir en Etiopía y mantener misiones militares en varios estados africanos.
En contraste, la administración Ford eliminó la palabra «détente» de su vocabulario y el intento soviético de convertir a Angola en un estado socialista fracasó, convirtiéndose en un pozo sin fondo para los recursos soviéticos (aprox. 5 mil millones de dólares entre 1977‑1988). La violencia no terminó en 1976: el FNLA se disolvió en 1989, mientras que UNITA, apoyada por EE. UU., permaneció activa hasta su rendición y transformación en partido político en 2002. El Pacto de Varsovia se vio obligado a mantener una presencia militar multinacional permanente en Angola.
Quizá el legado más importante de la victoria angoleña fueron las lecciones que el Politburó consideró haber aprendido: (1) que Estados Unidos podía ser derrotado en conflictos locales bajo ciertas condiciones, controlando las fuerzas antiimperialistas; (2) que la URSS podía reconstruir y reformar grupos anti‑capitalistas en zonas de crisis, dominando la política interna del Tercer Mundo. Estas conclusiones, sin embargo, resultaron desastrosas para la política exterior soviética en los últimos años de la era Brezhnev, conduciendo a intervenciones posteriores en Etiopía y Afganistán.
Bibliografía
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