La idea de la intervención no surgió únicamente por iniciativa de Napoleón III. Tras la derrota de los conservadores en la Guerra de Reforma, estos buscaron apoyo en varias cortes europeas para ofrecer el país a algún príncipe europeo[1]; la propuesta fue bien recibida por el emperador francés. París también motivó dos razones no menores: primero, la pretensión de una "misión civilizadora", típica del imperialismo de la época; segundo, la Guerra Civil estadounidense mantenía a EE. UU. distraída, lo que facilitaba el establecimiento de un protectorado francés en México y la reducción de la influencia norteamericana.
La primera expedición francesa constó de 2 400 soldados, frente a los 800 británicos y los 5 600 españoles bajo el mando de Juan Prim[2]. Con la retirada de esas dos potencias, Francia decidió tomar la capital mexicana. El ejército, reforzado con tropas de la metrópoli, quedó bajo el mando del general Charles Ferdinand Latrille, más conocido como el conde de Lorencez. Con los refuerzos, la fuerza francesa alcanzó aproximadamente 6 000 hombres, una mezcla de unidades coloniales y metropolitanas, entre ellas veteranos de la Crimea e Italia.

Lorencez y Napoleón III creían que esa expedición sería suficiente para derribar al nuevo gobierno mexicano; la frágil situación social y económica del país parecía favorecer un rápido avance desde Veracruz hasta la Ciudad de México. Además, los conservadores destituidos habían formado un gobierno paralelo que apoyaba la intervención. Sin embargo, el ejército republicano respondió rápidamente y detuvo el avance francés en la ciudad de Puebla, en una batalla que quedó grabada en la memoria colectiva nacional.
El 5 de mayo de 1862 se enfrentaron el ejército mexicano del general Ignacio Zaragoza y el ejército francés del general Latrille. Zaragoza desplegó sus tropas en posición defensiva, cediendo la iniciativa al enemigo. Aunque estaban en inferioridad numérica y de armamento, los mexicanos lograron una victoria inesperada: 4 000 soldados repúblicos vencieron a 6 000 franceses, lo que encendió la esperanza del gobierno republicano.
La batalla no fue extremadamente sangrienta: Lorencez perdió 117 muertos y 305 heridos, mientras que las fuerzas republicanas registraron 83 muertos y 232 heridos[4]. El triunfo en Puebla obligó a Francia a replantear su estrategia. Napoleón III respondió enviando 28 000 hombres bajo el mando del general Forey[5], pues la humillación de una supuesta "mejor armada del mundo" no podía quedar sin castigo.
El efímero Segundo Imperio de Maximiliano (1864‑1867)
La pausa bélica se prolongó hasta principios de 1863. Tras la llegada de los casi 28 000 soldados de Forey entre septiembre y octubre de 1863, el ejército francés volvió a marchar hacia la capital. Puebla volvió a erigir su resistencia; esta vez, el asedio duró varios meses y culminó con la toma de la ciudad por parte de los franceses, que contaban con 26 000 hombres frente a los 22 000 del general mexicano Jesús González Ortega. Las bajas fueron significativamente mayores que en la contienda de 1862.

Con el asedio concluido a mediados de mayo de 1863, la entrada a la Ciudad de México fue inmediata: el 10 de junio el ejército de Forey desfiló por sus calles. Sin embargo, la guerra estaba lejos de terminar. Los conservadores expulsados tras la Guerra de Reforma vieron frustradas sus expectativas: Forey respetó las leyes juaristas sobre la nacionalización del patrimonio eclesiástico y la libertad de culto[7]. La administración francesa instauró una Junta de Gobierno Provisional que consideró adecuada una monarquía hereditaria y moderada para México.
Esa junta propuso el trono al archiduque Fernando Maximiliano de Habsburgo. Una delegación de conservadores y eclesiásticos viajó a Trieste (Italia) en octubre de 1863; en febrero del año siguiente Maximiliano aceptó la corona, fundándose así el Segundo Imperio Mexicano, subordinado al Segundo Imperio Francés. El nuevo emperador arribó a México el 28 de mayo de 1864 y, para sorpresa de los conservadores, adoptó desde el inicio una política destinada a ganar el apoyo de los liberales.
Las fuerzas republicanas siguieron la resistencia guerrillera en distintas regiones, agotando lentamente a las unidades francesas. El incipiente Imperio apenas lograba organizar un ejército eficaz: a finales de 1866 contaba con 7 650 soldados regulares, 9 400 auxiliares y 12 200 guardias rurales y policías, alrededor de 30 000 hombres, mientras que las tropas francesas sumaban 38 000. El ejército republicano, por su parte, había aumentado a unos 50 000 efectivos[8].

El contexto internacional se volvió en contra de Maximiliano. En abril de 1865 la Unión venció a la Confederación, y EE. UU. retomó su política exterior en la región. Un año después, en 1866, Prusia bajo Guillermo I y su canciller Otto von Bismarck iniciaba la guerra que conduciría a la unificación alemana. Ante esas tensiones, Napoleón III retiró la mayor parte de sus fuerzas de México, dejando a Maximiliano a su suerte. Con la retirada francesa y el avance republicano, el emperador cayó junto a su gobierno en 1867.
Las consecuencias de la intervención francesa
La desintegración del Segundo Imperio Mexicano fue rápida. Tras perder el control de los territorios imperiales, Maximiliano y su séquito se refugiaron en la ciudad de Querétaro. Allí, los últimos soldados imperiales, agotados de víveres y municiones, capitularon tras un asedio de 72 días. Maximiliano fue capturado a pesar de haber rechazado la fuga.
Entre el 13 y el 15 de junio de 1867, Maximiliano, junto a sus colaboradores Miguel Miramón y Tomás Mejía, fue juzgado en el Teatro Iturbide de Querétaro y sentenciado a muerte. El 19 de junio, en el Cerro de las Campanas, fueron fusilados por un pelotón de siete soldados. Antes de morir, el depuesto emperador pronunció sus últimas palabras.

Los restos de Maximiliano fueron embalsamados y llevados a la capital mexicana, donde se exhibieron en el convento de San Andrés. Posteriormente, fueron repatriados a Austria a bordo de la fragata Novara, la misma que había transportado al monarca a México en 1864. Con su muerte y la desaparición del Segundo Imperio, la República Mexicana puso fin a una larga época de conflictos civiles e intervenciones extranjeras, aunque el país seguiría enfrentando grandes desafíos durante las siguientes décadas hasta el siglo XX.

Bibliografía
- Chartrand, René & Hook, Richard (1994). The Mexican Adventure 1861‑1867. Osprey Publishing, Londres.
- Duvernois, Clement (1868). The French Intervention in Mexico. El Progreso, Veracruz.
- González Lezama, Raúl (2012). Cinco de mayo: las razones de la victoria. Instituto Nacional de Estudios Históricos de las Revoluciones de México, México.
- Instituto Nacional de Estudios Históricos de la Revolución Mexicana (1990). The French Intervention and the Second Empire. Biblioteca Virtual Legal, México, pp. 51‑62.
- Torrea, Juan Manuel (1863). Gloria y desastre: Puebla 1863. Beatriz de Silva.
Notas
[1] Instituto Nacional de Estudios Históricos de la Revolución Mexicana, 1990, p. 51
[2] Ibid., 1990, p. 54.
[3] Duvernois, 1868, p. 126.
[4] González, 2012, p. 13.
[5] Chartrand & Hook, 1994, p. 6.
[6] Torrea, 1863, p. 21‑23.
[7] Instituto Nacional de Estudios Históricos de la Revolución Mexicana, 1990, p. 57.
[8] Chartrand & Hook, 1994, p. 11.