La fiesta romana de la Lupercalia era una de las más curiosas y populares de la Antigüedad. No se conoce con certeza a qué deidad se rendía culto: las hipótesis más habituales son Lupercus (epíteto de Fauno), Februus o Juno. En la celebración, jóvenes de la élite sacrificaban cabras y perros, se untaban con aceite, corrían desnudos por la ciudad portando pieles de cabra y azotaban a quien se cruzaba en su camino. Estos latigazos estaban vinculados a la fertilidad y se consideraban especialmente “beneficiosos” para las mujeres. Según Cicerón, la costumbre era anterior a la civilización y a las leyes.
La Lupercalia se celebraba el 15 de febrero y, con su marcado carácter erótico y fecundador, resultaba fácil imaginar una relación con la fiesta de los enamorados. De hecho, el Papa Gelasio I (492‑496) escribió una carta denunciando la continuidad de la Lupercalia y ordenó su prohibición, lo que sugiere una cristianización del ritual. Sin embargo, la teoría que vincula directamente la Lupercalia con San Valentín surgió entre los siglos XVIII y XIX y ha sido repetida sin un análisis crítico profundo. Además, Gelasio, aunque critica el festival como pagano, no lo sustituye por ninguna celebración cristiana y, según el calendario histórico de Polémio Silvio, la Lupercalia todavía aparece en el siglo V.
¿Quién fue San Valentín?
Las primeras “vidas” de San Valentín son medievales y están llenas de leyendas que no corresponden a hechos históricos verificables. Entre los siglos VI y VII se construyó una narrativa a partir de la memoria de algún mártir, añadiendo episodios y fragmentos de actos de martirio. No obstante, existen evidencias arqueológicas y textuales que indican que ya en el siglo IV había un culto a uno o varios santos llamados Valentín, y que el Papa Julio I (III siglo) erigió una basílica en su honor en Roma.
Dos tradiciones distintas
Los relatos más difundidos describen dos figuras diferentes que comparten la fecha de su muerte (14 de febrero). Una sería un sacerdote romano ejecutado por el emperador Claudio (probablemente Claudio II, siglo III) y sepultado en la Vía Flaminia; se le atribuyen predicaciones y curaciones milagrosas. La segunda sería el obispo de Terni, también mártir, que habría curado a un niño antes de su ejecución.
Beda, en el siglo VIII, menciona ambos actos como referentes a santos distintos, aunque ambos llevan el mismo nombre y la misma fecha de martirio. A partir del siglo IV el culto a San Valentín se fue consolidando y, con el tiempo, numerosas iglesias y ciudades reclamaron poseer sus reliquias: desde la basílica de Santa María en Cosmedin (Roma) hasta Terni, pasando por Dublín, Madrid, Almería o la cabeza entregada por Emma de Normandía al nuevo ministro en Winchester.
Hasta el siglo XIV el santo apenas tenía relación con el amor romántico. Existen excepciones, como el calendario del siglo X de Eugenio Vulgario, que asocia a Valentín con la primavera y la fertilidad, y la escritora Christine de Pizan, quien vinculó el día de San Valentín con el comienzo de la primavera y el amor. Fue Geoffrey Chaucer, autor de los Canterbury Tales, quien, en su obra menos conocida Parlamento de los Pájaros, eligió a San Valentín como patrón de los pájaros, la primavera y los amantes, creando una tradición que perdura hasta hoy.
Aunque febrero es un mes invernal, en la Edad Media la llegada de la primavera se marcaba entre el 7 y el 22 de febrero, fechas en las que los calendarios indicaban el canto de los pájaros. Otros autores contemporáneos a Chaucer, influenciados por él, comenzaron a representar a San Valentín como una especie de Cupido cristiano, convirtiéndolo rápidamente en el santo patrón de los enamorados. Esta imagen se difundió en la poesía francesa de Martial d'Auvergne, en Shakespeare, en John Donne y, finalmente, en la cultura popular, donde la fecha se ha convertido en una celebración comercial de regalos, flores, chocolates y joyas.
¿Existe una conexión entre la Lupercalia y el Día de San Valentín?
No hay pruebas de un vínculo directo entre la Lupercalia y el Día de San Valentín, más allá de su carácter erótico‑festivo y su coincidencia con la llegada de la primavera. Sin embargo, la Lupercalia sí guarda relación con otras festividades de febrero‑marzo, como el Carnaval. El propio Gelasio describía la celebración como la de “un monstruo compuesto de una extraña mezcla de bestia y hombre”, dedicada al dios Febraius, sin desnudez, pero con insultos a la autoridad, juegos y cantos eróticos, rasgos que recuerdan al Carnaval contemporáneo.
Estas fiestas se extendieron más allá de Roma: fuentes indican su celebración en Constantinopla hasta el siglo X y su supervivencia transformada en diversas tradiciones locales. Por ejemplo, el Busójárás de los croatas de Mohács (Hungría) representa la expulsión del “mal” mediante máscaras y ruidos, mientras que en la Península Ibérica las Botargas de Guadalajara o los Mascarávila de Ávila mantienen viva la tradición de los personajes disfrazados que, en febrero, expulsan el invierno y celebran la fertilidad.
Bibliografía
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Maldonado, L. (1975). Religiosidad popular. Nostalgia por la magia. Madrid: Ediciones Cristiandad.
Méndez Santiago, B. (2019). “El dios Fauno y el ritual de los luperci. Representaciones de la desnudez masculina”. Arys: Antiquity: religions and societies, 17, 161‑190.
Oruch, J. B. (1981). “St. Valentine, Chaucer, and Spring in February”. Speculum, 56(3), 534‑565.
