La dinastía sasánida afirmaba su origen divino: los shahanshahs se consideraban representantes del poder de Zoroastro y Ohrmazd en la Tierra y estaban obligados, por la ley zarathustriana, a materializar sus enseñanzas. Los relieves del siglo III que retratan a Ardašir y Narsés son pruebas visuales de esa atribución divina. Sapor I, sin embargo, no se limitó a la imagen; en su inscripción conocida como Res Gestae Divi Saporis explicó, por escrito, la concepción de su autoridad y su misión en el mundo.
En los primeros párrafos de la Res Gestae el rey vincula el poder político con la religión, recordando a su predecesor Ardašir: «Ardašir organizó el imperio, promovió la revelación del culto a Mazda y estableció numerosos usos religiosos que legó a su dinastía» (Bundahishn. XXXIII. 15). De este modo, Sapor subraya que la labor de difundir la fe zarathustriana no es una empresa individual, sino una tarea dinástica que requiere la cooperación de toda la línea real.
El título de shahanshah se extiende también a no iraníes. Al mencionar a pueblos como los romanos, Sapor indica que, aunque estén fuera del territorio sasánida, sus ideologías pueden amenazar al Ērānšahr y, por tanto, también necesitan la intervención del rey iraní. En el Denkard se refuerza la idea de que la unión entre rey y religión es esencial para el futuro del Estado.
Según la doctrina zarathustriana, si el monarca y sus súbditos siguen fielmente la fe, pueden alcanzar el Garonmana, el “mejor mundo” o paraíso. La correcta ejecución del poder político y militar garantiza la subsistencia del Ērānšahr y lo acerca a la luz. Por el contrario, un rey tiránico que descuida el bienestar del imperio sumerge a Persia en la oscuridad, donde la frahang (cultura persa) corre peligro de ser aniquilada por el caos y la mentira.
Roma y la Persia sasánida
No es sorprendente que, en los primeros enfrentamientos contra el Imperio Romano, los sasánidas invoquen la fe zarathustriana para describir al enemigo. En la Res Gestae Sapor acusa a los romanos de ser agentes del caos: «César volvió a mentir y perjudicó a Armenia» (RGDS. IX). La falta de respeto a las cláusulas de paz impuestas a Filipo el Árabe convierte a Roma en promotora de mentiras y desorden. Para los arteshtaran –especialmente los aswārān (caballería sasánida)– combatir a las legiones era una forma de demostrar su devoción zarathustriana, dispuestos a erradicar lo corrupto o morir honrados.
Los mowbeds observaban las batallas para reconocer a los guerreros caídos que, según ellos, habían manifestado su fe y protegido la frahang. Es probable que, antes de cada combate, los soldados confiaran su suerte a Mitra, quien en la tradición sasánida dirigía a las fuerzas celestiales contra las hordas del abismo.
Por su parte, el Estado romano vinculaba su autoridad mundial al derecho. Las relaciones con otras civilizaciones se regulaban bajo el ius gentium. Extendiéndose desde Hispania hasta Siria, Roma debía normar las decisiones y acciones de los pueblos bajo su dominio o influencia. Al ser el Imperio sasánida su vecino más poderoso en la frontera oriental, los acontecimientos persas se interpretaban siempre a la luz del derecho romano.
Cuando Alejandro Severo entró en contacto con Persia, la historiografía romana no omitió señalar la legalidad de los actos de ambos beligerantes. Aunque se discute cuánto conocían los sasánidas de sus antepasados aqueménidas, la tradición romana les atribuía ese saber. Herodiano extrapola el derecho consuetudinario romano a los persas, quienes reclaman una rerum repetitio (restitución de sus bienes). Asimismo, sigue la tradición de Heródoto, quien en su Historia explicó las causas del conflicto entre Europa y Asia.
Cayo Dión refuerza la visión de Herodiano al afirmar que Ardašir «se jactó de recuperar todo lo que los antiguos persas habían perdido hasta el mar griego», presentando esa reivindicación como un derecho heredado. La legitimidad jurídica, sin embargo, aparece solo desde la perspectiva romana; los sasánidas rara vez la invocan, prefiriendo fundamentar su autoridad en la religión.
El ascenso sasánida amenazó la "gran estrategia" de Roma y su pax, sostenida tanto por la fuerza militar como por la concesión de la ciudadanía romana a los habitantes libres tras la Constitutio Antoniniana (212). El Oriente, rico y poblado, se volvió una zona estratégica que Roma debía proteger, manteniendo sus límites como espacios sagrados, una idea que recuerda al pomerium romano donde religión y derecho se funden en el discurso legal de la guerra internacional.
El conflicto contra Persia se enmarcó dentro del concepto de bellum iustum, buscando salvaguardar tanto el territorio propio como el de sus aliados, como Armenia. Las campañas de Galerio contra Narsés, por ejemplo, no buscaban la conquista sino la restauración de la esfera de influencia romana. Como afirmaba Pedro el Patricio: «Los reinos romano y persa son como dos grandes luminarias que deben adornarse y alumbrarse mutuamente, no destruirse con hostilidad».
En conclusión, ambos imperios poseían, según su propio marco, el derecho de ejercer autoridad en sus dominios y promover sus ideales de civilización bajo una normativa que combinaba ley divina y costumbre. Las posteriores campañas de Juliano y Khosróes II serían excepciones a este equilibrio.
Fuentes
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- Denkard, The Acts of Religion, Book III. 1999. (Traducción y notas: Ratanshah E. Kohiyar).
- Cayo Dión, Historia Romana, Libros L‑LX. Madrid: Gredos, 2011. (Traducción y notas: Juan Manuel Cortés Copete).
- Cayo Dión, Historia Romana, Libros LXXI‑LXXX. Murcia, 2015. (Traducción y notas: Antonio Diego Duarte Sánchez).
- Herodiano, Historia del Imperio Romano. Madrid: Planeta‑DeAgostini, 1996. (Traducción y notas: Juan J. Torres Esbarranch).
- Heródoto, Historia. Madrid: Cátedra, 2002. (Traducción y notas: Manuel Balasch).
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