Historia antigua

Afganistán: Crónica de un fracaso anunciado

Afganistán: Crónica de un fracaso anunciado

Desde el inicio del proceso de transición política promovido por la comunidad internacional en 2002, bajo el liderazgo de Washington, muchas voces advirtieron que las políticas de los nuevos ocupantes y del régimen que instauraron se dirigían hacia un callejón sin salida, con consecuencias negativas una vez que la presencia militar extranjera terminara. Cuando eso ocurrió, muchos de nosotros estábamos seguros de que el régimen impuesto en 2004 colapsaría, aunque no anticipamos la rapidez del derrumbe. Este hecho confirma una catástrofe anunciada.

Desconocimiento de la realidad afgana

El fracaso tiene múltiples responsables. En primer lugar, EE. UU., que ha protegido a Afganistán desde 2002 a costa de un gobierno nacional débil. Pero también la comunidad internacional –la Unión Europea, la ONU, los vecinos regionales (Pakistán, Irán) y potencias como Rusia y China– y, por supuesto, la OTAN, que siempre puso la seguridad por encima de otras necesidades. La razón es simple: nunca comprendieron el país que administraban y, probablemente, ni siquiera se molestaron en intentarlo. Factores como la división étnica, el papel del Islam, la enorme brecha entre campo y ciudad o la influencia de la geografía fueron ignorados. Además, se trató de explicar el conflicto afgano desde la geopolítica regional y mundial, cuando históricamente los factores internos fueron los que realmente moldearon su historia.

En Afganistán el Estado siempre ha sido débil, sobre todo fuera de las ciudades, y su autoridad ha sido constantemente cuestionada. Durante la monarquía (1747‑1973) se dependía de pactos con élites locales. El golpe comunista de 1978 y la invasión soviética de 1979 casi aniquilaron la presencia estatal, dejando a la mayor parte de la población aislada en sus comunidades, grupos étnicos o guerrillas.

A esto se sumó la imposición, entre 2002 y 2004, de un sistema político basado en el modelo democrático occidental. La creencia de que los conflictos se resolverían con elecciones libres resultó errónea; cada país tiene particularidades que pueden hacer útil la democracia en algunos casos, pero nunca en todos. Suponer que los afganos aceptarían ese modelo fue una ingenuidad total. En Afganistán, las lealtades políticas no se fundan en ideas, sino en la familia, el clan, la tribu, la etnia, la geografía o la religión (sunismo, chiismo). Así, los partidos creados resultaron ser, en esencia, agrupaciones étnicas que incluso se enfrentaron entre sí.

Los nuevos actores políticos eran, en gran medida, los mismos que habían luchado contra (o al lado de) los soviéticos. Tras la retirada rusa en 1989, una cruenta guerra civil devastó el país y sus guerrillas cometieron atrocidades contra la población civil. Los talibanes, durante su gobierno de 1996‑2001, también actuaron de forma criminal; sus sucesores no fueron menos culpables, y la corrupción de los líderes afganos de las dos últimas décadas –que se apropiaron de enormes fondos internacionales destinados a educación, salud, etc.– agravó aún más la situación.

Una sociedad compleja y conservadora

El marco social, cultural y político afgano no se parece al de otras naciones, incluso a las de mayoría musulmana. Existe una resistencia –a veces hostilidad– frente a todo lo que provenga del exterior, sobre todo si se impone. Desde la época de los reyes afganos, las políticas externas fueron recibidas con sospecha y frecuentes rebeliones.

La sociedad afgana es marcadamente patriarcal y jerárquica: los jóvenes obedecen a los mayores, las mujeres a los hombres y las mujeres jóvenes a las mayores. Los conceptos de democracia e igualdad resultan ajenos al pensamiento popular y no se pueden esperar cambios de raíz de la noche a la mañana. En las áreas rurales, la autoridad recae en los ancianos del pueblo, cuyas decisiones se cumplen al pie de la letra. El poder de un gobernador o alcalde, designados por el gobierno central, es muy limitado frente a las autoridades locales.

Afganistán: Crónica de un fracaso anunciado

En cuanto al papel de la mujer, la mayoría de los hombres afganos no creen en la igualdad de género ni en la educación mixta, salvo entre algunas élites de Kabul. El abandono del velo o la burka (llamada chadri) enfrenta una fuerte resistencia social. En lugar de promover cambios graduales, se impusieron normas nuevas que la población rechazó. Considerar a Kabul como espejo del país es un error: la capital, aunque conservadora, es una oasis de relativa libertad comparada con la profunda conservadurismo del resto del territorio, salvo quizá Herat y algunas ciudades del norte como Kunduz. Si bien la educación mixta es rechazada, la segregada por sexo es más aceptable y debería haberse explotado intensamente, pues lo esencial era que niños y niñas recibieran educación, aunque fuera separada.

El tema religioso también vivió altibajos. El Estado se autodenominó República Islámica de Afganistán y el Islam fue la religión oficial, pero el islam podría haberse usado políticamente para unir a una población fragmentada étnica, geográfica y culturalmente. La sharía, aunque no es un sistema legal igualitario, otorga más derechos que los códigos tribales o las costumbres locales.

El asunto del terrorismo

Hasta ahora, el único “éxito” de la intervención militar estadounidense y sus aliados ha sido la eliminación de las bases de Al‑Qaida en territorio afgano. Este foco también explica parte del fracaso general: la intervención occidental no buscó liberar a los afganos del Talibán, sino destruir a Al‑Qaida tras los atentados del 11 de septiembre. Por eso la seguridad y la erradicación del terrorismo jihadista fueron la prioridad, mientras el desarrollo económico y social quedó en segundo plano.

Aunque no hay pruebas concluyentes, parece que el actual liderazgo talibán reconoce los errores del pasado con Bin Laden y se ha distanciado de grupos jihadistas. Su abierta enemistad con el Estado Islámico (ISIS) demuestra que intentan evitar que Afganistán sea una base para el terrorismo occidental.

Este hecho y la actitud moderada mostrada por los talibanes hacia la comunidad internacional sugieren que Afganistán no se convertirá en un refugio para el terrorismo contra Occidente, aunque no se puede descartar que con el tiempo vuelvan a sus antiguas prácticas.

Falta de soluciones y retorno al "pasado"

La ausencia de soluciones prácticas ha sido fatal. Se necesitaba diseñar una nueva estructura estatal con capacidad coercitiva, apoyada por fuerzas policiales y militares bien preparadas y remuneradas. Además, se debe reconocer que la imposición es a menudo más dañina que el pacto; negociar con autoridades locales habría permitido avanzar paso a paso.

Otro elemento clave era el desarrollo económico, especialmente el comercio, esencial en una economía basada en el bazar que décadas de guerra habían devastado. Todo ello debía acompañarse de una lucha firme contra la corrupción y de la correcta gestión de los recursos internacionales.

Afganistán: Crónica de un fracaso anunciado

Ni la educación ni la salud recibieron la atención necesaria. Con apenas un 30 % de la población alfabetizada (en los estimados más optimistas), avanzar es extremadamente difícil. La educación, sobre todo en zonas rurales, debería haber sido una prioridad, al igual que la reforma del sistema de salud, que muestra una de las mayores tasas de mortalidad infantil y la menor esperanza de vida del planeta.

El resultado ya es evidente: el colapso de lo construido desde 2002 y el regreso de los mismos actores siniestros que dominaban entre 1996‑2001, pero ahora con las armas dejadas por Occidente. Estados Unidos y la comunidad internacional han sido humillados, pero el único perdedor es el pueblo afgano.