Algunos analistas ven en la rápida caída de las ciudades afganas, hasta llegar a Kabul, un "efecto dominó" que los yihadistas podrían intentar replicar en otros lugares, entre ellos el Sahel. Esta hipótesis se basa en la percepción de que los grupos extremistas, alentados por la victoria sobre EE. UU. y sus aliados en Afganistán, podrían intentar trasladar esa dinámica a África.
Para los yihadistas, el éxito o el fracaso dependen, según creen, de la voluntad de Al‑Álam. Cada derrota es una lección que los fortalece; cada victoria, una señal de que el califato global está más cerca.
El colapso afgano y la instauración del Emirato Islámico han favorecido el resurgimiento de Al Qaida, dada su relación con los talibanes, lo que podría debilitar la lucha contra el terrorismo yihadista en el Sahel. Así, la afirmación de que el Sahel es "el Afganistán africano de Al Qaida" parece cada vez más plausible.
El Sahel, foco de inestabilidad regional
Hasta hace poco, el Sahel era poco conocido fuera de los círculos que se interesaban por sus recursos (petróleo, oro) o por sus problemáticas de seguridad. Hoy, Europa –y en particular España– presta atención al Sahel no solo por la amenaza yihadista, sino también por su papel en el tráfico ilícito de armas, drogas y personas, actividades en las que grupos terroristas ofrecen protección y logística.

El territorio está dominado por gobiernos débiles y sociedades profundamente divididas. Los choques violentos entre comunidades sedentarias, seminomádicas y nómadas se combinan con conflictos entre migrantes, mafias del crimen organizado y múltiples grupos yihadistas.
Esta fragilidad se agrava con la desertificación irreversible, hambrunas crónicas y el desplazamiento de poblaciones hacia el norte, lo que podría acercar a grupos terroristas a la costa mediterránea y, potencialmente, a Europa.
Durante años, la respuesta occidental se ha centrado en la dimensión militar, replicando la lógica aplicada contra el Estado Islámico en Siria e Irak. Sin embargo, varios estados saharianos (Burkina Faso, Chad, Mali, Mauritania y Níger) se han convertido en Estados fallidos o militarizados tras golpes de Estado, creando un vacío de autoridad que los yihadistas explotan.
- Intervención aislada de las fuerzas armadas del país afectado.
- Intervención conjunta con apoyo extranjero.
- Uso de mercenarios privados para reforzar ejércitos locales, una solución que los gobiernos africanos prefieren para preservar su soberanía.
Una mecha que amenaza a Europa
El Sahel es considerado el "polvorín de Europa" porque el terrorismo y los grupos armados pueden crear un corredor desde el lago Chad hasta Mali, facilitando la expansión hacia el norte del continente africano y, en última instancia, hacia Europa.
El temor occidental, a menudo presentado como "preocupación" en lugar de "miedo", se ha convertido en un elemento central de la propaganda militar que justifica la intervención armada bajo el argumento de contener la migración, el tráfico de drogas, armas y personas, y el terrorismo.

Este miedo permanente a ataques en suelo europeo exige un análisis basado en datos de campo, y no en opiniones desinformadas.
Componentes de la tormenta
Para entender la complejidad del Sahel, debemos considerar cuatro pilares:
- Actores en conflicto: EE. UU. y aliados, la UE, la AU, grupos militares privados, milicias locales, organizaciones terroristas (Al Qaida, IS, Boko Haram, etc.), gobiernos frágiles, liderazgos étnicos y mafias del crimen organizado, y la sociedad civil.
- Geografía: un entorno desértico que dificulta la logística y la vida, favoreciendo a los grupos adaptados al clima.
- Imaginería: la visión fanática de los yihadistas, la corrupción y la búsqueda de poder de los gobiernos, la fragmentación de la sociedad civil y los intereses estratégicos de los países intervenientes.
- Intervenciones externas: operaciones militares (principalmente francesas –Operación Barkhane–, UE, ONU) y proyectos de desarrollo patrocinados por la Alianza Sahel.
La presión militar ha impulsado la unificación de varios grupos terroristas (Ansar Dine, AQIM, Frente de Liberación de Macina, JIMN), otorgando a Al Qaida una posición dominante frente al Estado Islámico y sus filiales.

El crecimiento constante del terrorismo, su expansión a países antes seguros (Congo, Mozambique, Costa de Marfil, Benín, Togo) y la percepción de que las intervenciones militares son contraproducentes –por violaciones de derechos humanos y por beneficiar solo a élites urbanas– indican que la estrategia actual necesita una revisión profunda.
¿Un Sahel comparable al Afganistán?
Retirar precipitadamente las fuerzas militares del Sahel podría provocar un caos regional que facilite la presencia de actores como Rusia o China. Sin embargo, la experiencia afgana muestra que una victoria militar sin acompañamiento político y de desarrollo es insostenible.
Frente a la posible “vietnamización” o “talibanización” del Sahel, el presidente francés Emmanuel Macron ha anunciado la reconfiguración de la Operación Barkhane, combinando seguridad militar con proyectos civiles:
- Continuar la lucha contra el terrorismo yihadista.
- Compartir inteligencia con la Misión de la ONU en Mali (MINUSMA), la fuerza G5 Sahel y las fuerzas malíes.
- Proveer capacidad logística y entrenamiento a los ejércitos locales.
- Desarrollar la Operación Takuba (misión de entrenamiento de la UE) y proyectos de estabilización bajo la Alianza Sahel.

Estas fuerzas remodeladas deben ser aceptadas por los gobiernos locales y actuar con pleno respeto a los derechos humanos para evitar alimentar la propaganda yihadista.
Europa busca, además, crear una fuerza militar propia capaz de intervenir en crisis con repercusión europea, aprendiendo de los errores cometidos en Afganistán. No obstante, el Sahel presenta una complejidad mayor: múltiples enemigos, una geografía hostil y una variedad de intereses internacionales que difieren de la experiencia estadounidense en Afganistán.
En conclusión, aunque existen similitudes en vulnerabilidades, el “efecto dominó” que se temía en Afganistán no es directamente transferible al Sahel. La vigilancia constante y la adaptación de las políticas de seguridad, combinadas con desarrollo sostenible y respeto a los derechos humanos, son esenciales para evitar que el Sahel se convierta en una puerta de entrada al terrorismo para Europa.