Cuando el general Henry H. Sibley lanzó su ofensiva contra Fort Union, contaba con dos ventajas decisivas: conocía al detalle el trazado de la fortaleza, pues había supervisado la construcción de varios edificios, y sabía que los ochocientos soldados que la ocupaban estaban desmoralizados. Lo que no anticipó fue la rápida intervención de la 1.ª Regimiento de Voluntarios de Colorado, al mando del coronel John P. Slough, que cambiaría el curso de la campaña.
Los voluntarios de Colorado
El 22 de febrero de 1862 una violenta nevada azotó a los soldados de Colorado mientras marchaban desde el sur del estado hacia el norte. Sin más alimento que galletas y sin pausas, recorrieron casi 300 millas en diecisiete días, llegando a Fort Union el 11 de marzo. Su llegada, “con tambores y banderas al viento”, supuso un gran alivio para la guarnición, pero desató una amarga disputa de mando con el coronel Gabriel R. Paul, jefe del 4.º Regimiento de Voluntarios de Nuevo México.
Slough, de apenas 33 años, había sido abogado en Denver y había sido expulsado de la legislatura de Ohio tras una pelea. A diferencia de Paul, graduado de West Point y veterano de Cerro Gordo y Chapultepec, Slough poseía mayor rango de voluntario y, pese a su inexperiencia, tomó el control del fuerte. Paul, resentido, intentó mantener su autoridad, pero las órdenes del superior, el coronel Edward R. S. Canby, pedían concentrar las fuerzas en Fort Union y esperar refuerzos de Kansas, Colorado y California.
El enfrentamiento en Apache Canyon
El 25 de marzo, el mayor John M. Chivington lideró una columna de 418 hombres –voluntarios de Colorado, caballería regular y unidades de Nuevo México– hacia el paso de Apache Canyon. Al avanzar, se toparon con la avanzada del mayor Pyron, compuesta por unos 350 confederados del 5.º Regimiento de Fusileros Montados de Texas y otras compañías. Tras una serie de escaramuzas, los federales lograron obligar a los confederados a retroceder unos dos kilómetros y causaron bajas significativas.
El combate dejó 5 muertos y 14 heridos en el bando de la Unión, mientras que los confederados perdieron 16 muertos, 30 heridos y 79 capturados, lo que supuso casi un tercio de su fuerza.
La batalla de Glorieta
El 28 de marzo se libró la decisiva batalla de Glorieta, conocida también como “Pigeon’s Ranch”. Aproximadamente 1 300 federales y 1 200 confederados se enfrentaron en un terreno accidentado de cañones y bosques de pino. Aunque los confederados lograron empujar a los unionistas, la verdadera victoria fue estratégica: una columna liderada por el coronel William R. Scurry destruyó el convoy de suministros confederado en Johnson’s Ranch, capturando o incendiando 80 carros y una pieza de artillería.
La pérdida del aprovisionamiento fue catastrófica para la campaña surista; sin víveres ni municiones, el ejército de Sibley quedó incapaz de mantener su avance y se vio obligado a retroceder. En la batalla de Glorieta los federales sufrieron 1 oficial y 28 soldados muertos, 2 oficiales y 40 soldados heridos y 15 prisioneros; los confederados, aunque con mayores bajas (36 muertos y 60 heridos), mantuvieron la iniciativa hasta que la falta de recursos los obligó a retirarse.
Retirada confederada y la agonía del desierto
Tras la derrota, Sibley ordenó el retroceso hacia Texas el 7 de abril. La marcha se tornó una odisea de hambre, sed y agotamiento. Los hombres cruzaron cañones sin agua, abandonaron ocho cañones de bronce y vieron morir a cientos de caballos y mulas. Los testimonios de los soldados describen la falta de agua como “intenso sufrimiento”, con muchos que se desplomaban en el camino.
El 18 de abril el coronel Green intentó llevar los últimos carros con heridos, pero el terreno arenoso y las mulas exhaustas obligaron a destruir los vehículos. La columna llegó finalmente a la región de Santa Ana, donde Sibley ya no era más que una sombra de su antigua autoridad.
Conclusiones: el Gettysburg del Oeste
La destrucción del convoy de suministros marcó el fin del intento confederado de crear un imperio en el suroeste. Al igual que Gettysburg en el Este, la batalla de Glorieta detuvo la expansión del sur, asegurando que el Río Grande nunca sería una vía de invasión norte‑sur. Con la retirada confederada a El Paso y luego a San Antonio, las ambiciones texanas y confederadas en el territorio quedaron definitivamente anuladas.
Hoy la batalla de Glorieta es recordada como el “Gettysburg del Oeste”, un punto de inflexión que salvó al territorio del Nuevo México y al futuro oeste americano de la dominación confederada.