Contexto histórico
La grandeza de una victoria se mide por la fuerza del enemigo. Los romanos lo sabían y, por eso, nos dejaron retratos nobles de sus más famosos adversarios: Aníbal, Vercingétorix… y, entre ellos, Carataco, un líder británico cuyo nombre suena exótico. Según la tradición, pronunció un discurso tan conmovedor ante el Senado que el emperador Claudio decidió perdonarle la vida.
La campaña de Claudio en Britania
En el año 43 d.C., Claudio retomó la conquista de Britania iniciada por Julio César casi un siglo antes. Los intentos de Augusto y Calígulo habían fracasado, pero las legiones ya estaban reunidas y listas para actuar.
En esa época la isla estaba fragmentada en tres zonas de influencia: al norte los Brigantes, al oeste los galés y, en el sureste, los cada vez más poderosos Catuvellaunos. Estos últimos habían desplazado a los Trinovantes y ahora se enfrentaban a los Atrebates. El rey de los Atrebates, Verica, había huido al exilio, lo que ofreció a Claudio el pretexto perfecto para intervenir en favor de sus aliados.
El senador Aulio Plautio comandó cuatro legiones (II Augusta, IX Hispana, XIV Gemina y XX Valeria Victrix) y unos veinte mil auxiliares tracios y batavos. Entre sus oficiales estaban el futuro emperador Vespasiano y su hermano Tito Flavio Sabino, además del consul Gneo Sentio Saturnino, mano derecha de Claudio.
Los soldados, reunidos en las costas de la Galia, se negaron a embarcar, temerosos de luchar en una tierra lejana y sombría. Fue entonces cuando Tiberio Claudio Narciso, un liberto convertido en comandante, pronunció un discurso encendido que los convenció. Gritaron "¡Io Saturnalia!" y, finalmente, partieron hacia Britania.
La resistencia de Carataco
Los romanos desembarcaron sin oposición en la costa de Kent. El rey Cunobelio intentó enfrentarlos en Medway, pero fue derrotado y murió. Sus hijos, Carataco y Togodumno, optaron por la guerra de guerrillas en el interior de la isla.
Los Catuvellaunos mantuvieron a los romanos a raya durante un tiempo, aprovechando el terreno accidentado del este. Carataco buscó un terreno favorable para dar batalla, pero fue derrotado por Plautio, que contaba con el apoyo de los seguidores del depuesto Verica. Tras la muerte de Togodumno, Carataco se refugió en Gales, donde reunió a varias tribus y prolongó la resistencia durante varios años.
Plautio regresó a Roma y dejó al legado Publio Ostorio Escápula al mando. Este logró contener la contraofensiva de Carataco, expulsándolo de su escondite y empujándolo hacia el territorio de los ordovicios. Finalmente, el rebelde fue derrotado en la batalla de Caer Caradoc; su familia fue capturada y entregada a la reina de los Brigantes, Cartimandua**, aliada de Roma. Carataco fue llevado a la capital mientras Verica recuperaba el trono de los Atrebates.
El discurso ante el Senado
En el triunfo de Claudio, Carataco apareció encadenado, y la multitud esperaba ver al hombre que había desafiado al ejército romano durante nueve años. Fue llevado ante el Senado con su esposa e hijos. Allí pronunció las palabras que Tacito registra en sus Annales (Libro XI):
«Tenía caballos, hombres, armas y riquezas. A los que preguntan si los dejé por voluntad propia: romano, si deseas apoderarte del mundo, ¿crees que aceptará su esclavitud? Si no me hubieras entregado como prisionero, ni mi caída ni tu gloria habrían brillado. Mi castigo será olvidado, pero si perdonas mi vida, seré ejemplo eterno de tu clemencia».
El discurso conmovió a los senadores y al propio Claudio, que concedió el indulto. Carataco vivió el resto de sus días en Italia, en paz y rodeado de su familia. Antes de morir, según Dión Casio, pronunció otra frase memorable frente a la magnificencia arquitectónica de Roma: «¿Cómo pueden, poseyendo tanto, codiciar nuestras humildes chozas?»
Conclusión
Algunos historiadores consideran que estos discursos son invenciones literarias destinadas a engrandecer a Carataco y a magnificar la victoria de Claudio. La versión más prosaica sugiere que el prisionero simplemente pidió clemencia para él y su familia. Sea cual sea la verdad, la figura de Carataco sigue siendo un símbolo de resistencia y dignidad frente al poder romano.