Un hallazgo inesperado
En 2004, arqueólogos alemanes descubrieron en el valle del Rin un objeto tubular que, a primera vista, parecía una lanza. Tras análisis más profundos, se determinó que se trataba del conducto de una bomba de agua, datado en más de 1500 años. Este hallazgo confirmó lo que ya indicaban fuentes documentales: la existencia de un cuerpo de bomberos en la Roma del siglo I a.C., creado por el poco conocido senador Marco Egnacio Rufo.
Previos y antecedentes
Antes de Rufo, la extinción de incendios recaía en los triumviri nocturni, guardianes nocturnos cuya limitada dotación les obligaba a centrarse más en la vigilancia que en apagar llamas. Las insulae —edificios multifamiliares con estructuras de ladrillo y vigas de madera— eran caldo de cultivo para los incendios, pero la corta duración del mandato de los edilitos dificultaba una respuesta organizada.
Los bomberos privados de Marco Licinio Craso
Marco Licinio Craso, rico aristócrata conocido por aplastar la rebelión de Espartaco y formar parte del Primer Triunvirato, fundó una brigada privada de unos quinientos bomberos. Su modelo, sin embargo, estaba motivado por intereses personales: los bomberos intervenían solo si el propietario del edificio incendiado aceptaba venderle la propiedad dañada a precio bajo. Plutarco incluso relata que Craso mantenía un grupo de incendiarios para generar incendios a propósito, garantizando trabajo para su brigada. Así, el cuerpo de Craso era esencialmente privado.

Marco Egnacio Rufo y el primer cuerpo público
Marco Egnacio Rufo, perteneciente a la clase ecuestre y probablemente hijo del senador Lucio Egnacio Rufo, comenzó su cursus honorum en 22 a.C. como cuestor curul. Desde ese cargo, impulsó la creación de una brigada pública de bomberos compuesta por seiscientos esclavos, pagados directamente por él. Al no cobrar a los ciudadanos, la unidad ganó gran popularidad en una Roma propensa a incendios, sobre todo durante los calurosos veranos.

El ascenso político y la caída de Rufo
El éxito de la brigada le valió a Rufo el presteño cargo de pretor sin esperar el intervalo habitual entre magistraturas. En 19 a.C., cuando quedó vacante una consularía, Rufo presentó su candidatura, lo que enfureció a Augusto. El emperador, a través del senador Cayo Sencio Saturnino, acusó a Rufo de conspirar contra él. Rufo fue arrestado y ejecutado, mientras su cargo fue ocupado por un cónsul sufecto, Marco Vinicio.
Augusto adopta y amplía el modelo
En lugar de suprimir la iniciativa, Augusto la replicó. Según Suetonio, mantuvo la estructura de seiscientos esclavos, pero en el 6 a.C., tras sofocar otro gran incendio, los sustituyó por libertos y amplió la brigada a 3 500 hombres, organizados en siete cohortes de cincuenta. Cada cohorte, dirigida por un tribuno, vigilaba dos de los catorce distritos de la ciudad y estaba equipada con hachas, escaleras, ganchos, mangueras y bombas de hasta treinta metros.

Organización y funciones
Los bomberos recibían salario estatal y alojamiento en barracones. Se especializaban en distintas tareas: aquarii (portadores de cubos), siphonarii (operadores de mangueras) y centonarii (portadores de mantas empapadas en vinagre). Actuaban en cadena humana para trasladar agua desde pozos hasta el fuego o derribaban edificios para crear cortafuegos. El cuerpo estaba bajo la autoridad de un praefectus vigilum, un oficial militar designado por el emperador y dependiente del praefectus urbi. Con el tiempo, sus funciones se ampliaron a la vigilancia judicial y al orden público.

Legado y expansión
El éxito de los vigiles llevó a su uso como cuerpo auxiliar militar; bajo Septimio Severo gozaron de exención fiscal. En el año 50 d.C., Claudio creó una brigada de setecientos hombres en Ostia, y poco a poco otras ciudades adoptaron modelos similares, a veces impulsados por autoridades públicas, otras por gremios o vecinos. Curiosamente, las mujeres también formaban parte de estas unidades en algunas regiones, como en Carintia, donde representaban el diez por ciento del personal.