Introducción
Al morir Alejandro Magno en 323 a.C., su vasto imperio se fragmentó rápidamente. La causa no fue la ausencia de descendencia —sabemos que tuvo al menos cinco hijos— sino la falta de un heredero aceptado por la élite macedónica. Entre sus relaciones más conocidas están amantes como Barsine, la reina amazona Talestris o la soberana india Cleófis, pero sus matrimonios oficiales fueron tres: Roxana, la princesa bactriana; y las persas Statira y Parísatida, alianzas políticas destinadas a legitimar su dominio sobre el Imperio aqueménida.
Las esposas y sus orígenes
Roxana era hija de Oxiartes, un noble bactriano que se había rendido a Alejandro tras la famosa toma de la Roca de los Sogdianos. Su matrimonio, celebrado en 327 a.C., fue el único que Alejandro consideró una unión por amor.
Statira (también llamada Statira II para diferenciarla de su madre) era hija del último rey persa, Darío III. Tras la captura de su padre, Alejandro la tomó como esposa para reforzar su pretensión de sucesor legítimo del trono persa.
Parísatida era prima de Statira, hija de Artajerjes III y hermana de Arses (Artajerjes IV). Fue capturada en la batalla de Issos y, al igual que Statira, sirvió para consolidar la alianza con la dinastía aqueménida.
El matrimonio con Roxana
Roxana acompañó a Alejandro en la campaña de la India y, según algunas fuentes, sufrió un aborto durante el viaje. Aunque era una princesa menor, su vínculo con Alejandro le garantizó una posición privilegiada. La pareja no tuvo hijos antes de la muerte del conquistador, aunque la gestación de Roxana se prolongó hasta los últimos días de Alejandro.
Los matrimonios persas: Statira y Parísatida
Después de la derrota de Darío III en Gaugamela, Alejandro organizó una boda masiva en Susa (324 a.C.) para unir a sus oficiales macedonios con princesas persas. En esa ceremonia, Statira y Parísatida se casaron con Alejandro, mientras que su mejor amigo Heféstion se casó con la hermana de Statira. El objetivo era fusionar ambas culturas y asegurar la lealtad persa.
La boda de Susa duró cinco días, siguió el rito persa y estuvo acompañada de generosos dotes. Sin embargo, la unión fue superficial; los griegos odiaban a los persas y, tras la muerte de Alejandro, los matrimonios fueron disueltos.
El declive tras la muerte de Alejandro
En junio de 323 a.C., Alejandro falleció en Babilonia, probablemente a causa de una enfermedad (malaria o fiebre del Nilo) o envenenamiento. Su muerte dejó un vacío de poder que desencadenó guerras civiles entre sus generales, los diádocos.
Statira, cuya posición dependía de su vínculo con la familia real persa, se convirtió en una amenaza para el hijo que Roxana esperaba. Según Plutarco, Roxana conspiró con Perdiccas, regente del imperio, y ordenó el asesinato de Statira y su hermana Drípete (algunas versiones citan a Parísatida en su lugar) durante un banquete.
El destino de Roxana y los demás miembros de la familia real
Roxana quedó bajo la protección de Olimpia, madre de Alejandro, pero en 316 a.C. Olimpia fue asesinada. Cassandro, hijo de Antípatro, encerró a Roxana y a su hijo, Alejandro IV, en Amphipolis y, seis años después, los envenenó. Cassandro también mandó asesinar a Barsine y a su hijo Heracles, eliminando así a todas las posibles líneas sucesorias.

Con la eliminación de Statira, Parísatida, Roxana y sus descendientes, el sueño de un imperio unido bajo una sola dinastía quedó irremediablemente truncado.
Conclusión
Las tres esposas de Alejandro Magno fueron instrumentos políticos que, al final, pagaron con su vida la inestabilidad que siguió a la muerte del gran conquistador. Sus trágicos destinos reflejan la fragilidad de los lazos matrimoniales cuando se usan como herramientas de poder.
