El contexto de la guerra del Peloponeso
La guerra del Peloponeso entre Esparta y Atenas estalló en 431 a.C. y se prolongó casi 28 años. Al final, Esparta salió victoriosa, pero su hegemonía fue efímera; pronto Tebas y después Macedonia se impusieron en el mundo griego.
La ceremonia fúnebre ateniense
Al concluir el primer año del conflicto, los atenienses, como de costumbre, organizaron una ceremonia para honrar a los caídos. Según relata Tucídides, una procesión acompañó diez ataúdes de ciprés (uno por cada tribu ateniense y uno vacío en recuerdo de los desaparecidos) hasta el Cementerio Cerámico, el más importante de la ciudad y que aún se puede visitar.
Allí, un orador elegido entre los hombres más ilustres de la polis pronunció un discurso elogioso.
Pericles, el orador principal
El encargado de la oración fúnebre fue Pericles, líder y primer ciudadano de Atenas. Su intervención comienza con modestia, pero rápidamente exalta no solo a los muertos, sino también a la propia Atenas en un momento crucial de su historia.
La mayorialidad del discurso
Según Thomas Cahill y numerosos especialistas, este discurso es el más famoso de la historia. Si crees no haberlo escuchado, estás equivocado: muchas de sus frases resuenan en la política occidental de los últimos dos o tres siglos.
Varias alocuciones posteriores, desde Lincoln en Gettysburg hasta discursos de Kennedy, Churchill o Everett, tomaron ideas o directamente imitaron pasajes de la oración de Pericles.
Estructura y temas principales
El discurso inicia alabando la tradición de enterrar públicamente a los caídos y advierte que sus palabras no podrán satisfacer a todos. Ese comienzo modesto recuerda, como señala Cahill, a las palabras de Lincoln en Gettysburg.
En la ceremonia de 1863, el senador Edward Everett dedicó su alocución a “el ejemplo ateniense”.
Pericles ensalza los logros de los muertos, pero más que las victorias militares, destaca cómo Atenas llegó a ser una democracia orgullosa, donde la igualdad ante la justicia (para los ciudadanos libres) se extiende también a la política exterior y a la acogida de extranjeros.
Subraya la generosidad ateniense con otros pueblos y la confianza en la validez de sus instituciones, eco de los discursos inaugural de John F. Kennedy.
En el clímax, vincula la grandeza de la ciudad con los héroes fallecidos y concluye que la felicidad depende de la libertad y la libertad del coraje. Esa idea se refleja en el famoso llamado de Winston Churchill: “sangre, sacrificio, sudor y lágrimas”.
Conclusión del orador
Pericles cierra con un breve epílogo, recordando la dificultad de hablar de los muertos.
Autenticidad y autoría del texto
Tucídides advierte que los discursos que transcribe no son transcripciones literales, sino representaciones de las ideas expresadas. Es indudable que Pericles pronunció la oración, aunque el historiador probablemente la reformuló con sus propias palabras.
La autoría exacta también se discute: en el Menexeno de Platón se atribuye la composición a Aspasia, compañera de Pericles. Sin embargo, Platón era crítico de la democracia y de Pericles. Otros pensadores, como Umberto Eco, ven la oración como propaganda populista más que como defensa democrática.
Legado
En cualquier caso, la oración fúnebre de Pericles captura el espíritu de una Atenas que él describió como “la tierra de la libertad y el hogar de los valientes”, un ideal que, tras su muerte al año siguiente, nunca volvió a alcanzar su esplendor.