Contexto histórico
La Revolución Francesa, iniciada en 1789, se desarrolló en varias fases durante una década. Sólo alcanzó una cierta "estabilidad" cuando Napoleón Bonaparte dio el golpe de Estado del 18 de Brumario, que permitió instaurar el Consulado. Este periodo duró hasta 1804, cuando, mediante un plebiscito, Napoleón se proclamó Emperador de Francia. De 1789 a 1799, Francia vivió una profunda convulsión política y social, y la ola revolucionaria se extendió por gran parte de Europa y también influyó en continentes lejanos, como Brasil.
Por Me. Cláudio Fernandes
Críticas contemporáneas
Aunque la Revolución es indudablemente un acontecimiento trascendental, varios analistas adoptaron una postura crítica respecto a su configuración final. El irlandés Edmund Burke denunció en 1790, antes del terror jacobino, el peligro de que los revolucionarios franceses repudiaran las costumbres y tradiciones de su país.
En el siglo XIX, el político e historiador francés Alexis de Tocqueville, de orientación liberal‑conservadora, formuló una crítica singular de la revolución de 1789 en su obra El Antiguo Régimen y la Revolución.
La visión de Tocqueville
Tocqueville observó que, además de una revolución política estrictamente nacional —como la Gloriosa de 1688 en Inglaterra—, la Revolución Francesa fue impulsada por una red de ideas internacionales sembradas por los filósofos de la Ilustración a lo largo del siglo XVIII. La difusión de esas ideas en los centros urbanos franceses provocó una búsqueda de acción revolucionaria no solo en nombre de los franceses, sino en nombre del Hombre y del Ciudadano de forma abstracta.
Así, según Tocqueville, no se trató simplemente de una "revolución burguesa", sino de un movimiento de mayores proporciones, comparable a las revoluciones religiosas:
«La Revolución Francesa actuó respecto al mundo como lo hacen las revoluciones religiosas respecto a lo sagrado. Consideró al ciudadano de forma abstracta, fuera de cualquier sociedad concreta, tal como las religiones consideran al hombre en general, sin importar país ni época. No sólo investigó los derechos particulares del ciudadano francés, sino también los deberes y derechos generales del hombre en materia política».
Tocqueville prosigue:
«Al aspirar más a la regeneración de la raza humana que a la reforma de Francia, encendió una pasión que las revoluciones políticas más violentas nunca lograron producir. Inspiró el proselitismo y generó propaganda, adquiriendo la atmósfera de una revolución religiosa que aterrorizó a sus contemporáneos; de hecho, se convirtió en una especie de nueva religión, imperfecta, sin Dios, sin culto, sin un más allá, pero que, al igual que el islam, inundó la tierra con sus soldados, apóstoles y mártires».
En palabras de Tocqueville, la Revolución Francesa creó una “creencia” que buscaba transformar el mundo hasta alcanzar una “perfección total”, similar a los conflictos provocados por la expansión protestante en los siglos XVI‑XVII o por la expansión islámica en los siglos VII‑VIII. No es casual que el jacobino Robespierre instaurara una religión ateísta en Francia, el "Culto de la Razón y del Ser Supremo".
Referencias
¹ TOCQUEVILLE, Alexis. El Antiguo Régimen y la Revolución. Traducción de Yvonne Jean. Brasília: Editora Universidade de Brasília, 1997. p. 60.
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