Por Rainer Sousa
Contexto y motivaciones
Durante la Segunda Guerra Mundial, Heinrich Himmler, jefe supremo de la seguridad del Estado nazi, impulsó la creación de burdeles dentro de los campos de concentración. Según sus propias palabras, el acto sexual podía revitalizar al trabajador y aumentar su productividad.
Cómo se organizaron los burdeles
Para montar estos establecimientos, miembros de las SS reclutaron a mujeres extranjeras acusadas de traicionar al régimen y a mujeres alemanas catalogadas como “antisociales” (desempleadas, mendigas, alcohólicas). Se les prometía un trabajo sexual de seis meses, tras los cuales serían liberadas; en la práctica, muchas quedaron atrapadas mucho más tiempo.
Expansión a los principales campos
El primer burdel se abrió en el campo de Mauthausen en 1942. En poco tiempo, el modelo se extendió a Dachau, Sachsenhausen, Ravensbrück, Buchenwald y Auschwitz. Incluso en 1945, cuando el ejército alemán estaba colapsando, se estableció un último burdel en Mittelbau‑Dora, cerca del centro de producción de cohetes V2.
Reglas raciales y de acceso
El uso de los burdeles estaba estrictamente regulado. Guardias de la SS, prisioneros de guerra soviéticos y judíos estaban totalmente prohibidos de acceder a las trabajadoras. Además, los internos solo podían recibir los servicios de una prostituta de su misma nacionalidad, reflejando la obsesión nazi por la “pureza” y la segregación racial incluso en esta práctica.

Estos burdeles, lejos de ser un simple alivio sexual, formaban parte de un sistema de control y de incentivo que revelaba la brutal combinación de ideología racial y explotación laboral que caracterizó al régimen nazi.