Tras la derrota en la primera batalla de Zama, Aníbal y el cónsul romano Publio Cornelio Escipión se encontraron para intentar una negociación de paz.
Antecedentes
Aníbal había llegado a Hadrumetum, concedió a sus tropas unos días de descanso y, al recibir noticias de la ocupación romana alrededor de Cartago, marchó rápidamente hacia Zama, a cinco días de la ciudad. Los exploradores cartagineses fueron capturados por puestos romanos y entregados a Escipión, quien los trató con respeto y los devolvió a Aníbal.
Al mismo tiempo, Masinissa llegó con 6 000 infantes y 4 000 jinetes, reforzando la posición romana. Aníbal, aunque responsable del estallido de la guerra, consideró que aún tenía fuerza para negociar y envió un emisario a Escipión solicitando una entrevista.
Discurso de Aníbal
Los dos generales se reunieron a una distancia prudente, acompañados sólo por sus intérpretes. Aníbal, con tono solemne, expuso lo siguiente:
«Los dioses nos han puesto frente a frente; yo, que he vencido a muchos generales romanos, vengo a pedir paz. Tu padre fue cónsul cuando inicié la guerra; ahora, hijo suyo, vienes desarmado a suplicar la tregua. Italia, África, Sicilia y Cerdeña son ahora tuyas; ¿vale la pena seguir derramando sangre? Propongo que nuestras repúblicas ratifiquen un acuerdo que nos beneficie a ambos, sin que la fortuna cambie de nuevo la suerte de ninguno.
… (continúa con argumentos sobre la inutilidad de la guerra, la necesidad de paz y la confianza en la razón sobre la fortuna).
Respuesta de Escipión
Escipión contestó, sin ocultar su desconfianza:
«Sé que tu presencia ha incitado a los cartagineses a romper la tregua. No aceptaré que elimines los términos ya acordados, salvo que compenses los daños a nuestras flotas y a nuestros enviados. Si no aceptas esas condiciones, la guerra continuará.
Resultado
Las negociaciones fracasaron. Ambos generales regresaron a sus campamentos y anunciaron que la disputa se decidiría por la espada, dejando el futuro en manos de los dioses.