Contexto histórico
Tras la muerte de Napoleón III el 9 de enero de 1873, el heredero del trono imperial era su único hijo, nacido en 1856. A los dieciséis años estaba estudiando en la escuela militar de Woolwich, en Inglaterra. En 1879, cansado de la vida ociosa en Londres, el joven Luis Napoleón decidió ofrecerse al ejército británico para participar en la campaña contra los zulúes en la colonia del Cabo.
La expedición en Sudáfrica
El príncipe obtuvo permiso para incorporarse como oficial adjunto al Estado Mayor del general Chelmsford. Partió en febrero de 1879 y, al llegar a la zona de los ríos Itelezi y Imbazani, se instaló en un campamento de campaña formado por unos pocos voluntarios de la caballería irregular de Natal: el sargento Willis, el cabo Grubb y los cabos Cochrane, Letocq, Abel y Rogers.
La carta del príncipe
El 1 de junio de 1879, día de Pentecostés, el príncipe escribió una breve nota a su madre desde el campamento de Koppie Allein. En ella anunciaba que su división se acamparía a la orilla izquierda del río Blood y que el enemigo se concentraba para un enfrentamiento inminente. Prometió enviarle noticias, aunque reconocía la precariedad del servicio postal.
El ataque de los zulúes
Alrededor de las cuatro de la tarde, el pequeño destacamento montado bajo el mando del capitán Carey se adentró en la sabana. De repente, los centinelas alertaron: “¡Zulúes!”. Aproximadamente cincuenta guerreros zulúes cargaron con sus assegais, mientras los británicos intentaban montar a caballo y huir. El príncipe intentó subirse a la silla, pero su caballo, asustado, lo derribó.
El príncipe cayó al suelo; su espada, un regalo del duque de Elchingen, se salió de la vaina. Mientras trataba de levantarse, recibió varias heridas mortales: una lanza le atravesó el costado izquierdo, otra le alcanzó el ojo derecho y una tercera le perforó el cerebro. Murió en menos de un minuto.
El hallazgo del cuerpo
Al día siguiente, el capitán Molyneux, ayudante del lord Chelmsford, encontró el cuerpo a unos 200 metros al noreste del kraal. El cuerpo estaba despojado de su ropa y armas, pero aún llevaba una cadena de oro con medallas y unas espuelas con una media azul marcada con una "N". Se contabilizaron diecisiete heridas, todas en la parte frontal del cuerpo.
El funeral y la repercusión
El cuerpo fue trasladado a un ataúd improvisado de zinc y, al día siguiente, se celebró una ceremonia fúnebre en la que participaron regimientos británicos y una capellanía irlandesa católica. Las banderas británicas y la tricolor francesa ondearon a media asta. El príncipe fue embalsamado y su cuerpo embarcado en el buque "Boadicea" rumbo a Europa.
En Francia, la noticia del fallecimiento del príncipe causó una profunda consternación. La emperatriz Eugenia, madre del difunto, recibió el cuerpo y, pese a su dolor, organizó los honores funerarios. La muerte del joven príncipe marcó el fin de las esperanzas de una restauración imperial en Francia y quedó grabada como una tragedia de la historia militar.