Deserción
Desertar era el error más grave que un soldado podía cometer en aquella época. Renunciaban a apoyar a su país y preferían salvar sus vidas en lugar de ayudar a sus compañeros.
Cada desertor capturado era fusilado, pues la corte marcial consideraba su abandono como un delito capital. En los dos primeros años de la Gran Guerra, muchos prisioneros fueron condenados a muerte. Eran soldados que ya habían percibido lo absurdo y la inutilidad de los combates y buscaban una salida antes de perder la vida.
Mutilación voluntaria
El libro de Sébastien Japrisot, adaptado al cine por Jean‑Pierre Jeunet bajo el título Un largo compromiso domingo, relata el destino de los que se mutilaban voluntariamente. Manech, personaje de Japrisot, se hizo daño a sí mismo en la mano para evitar el combate. Las autoridades lo interpretaron como abandono y se discutió su fusilamiento junto a cuatro soldados catalogados como “cobardes”.
Los sospechosos de mutilación voluntaria también fueron sentenciados a muerte, aunque sus casos resultaban dudosos. Al inicio de la guerra, se ejecutaban frente a sus compañeros como advertencia para que no imitaran su conducta.
Retirada
Tal vez lo más sorprendente —y absurdo— fue la condena de quienes retrocedían. Durante los asaltos desesperados, ya fuera por parte del ejército francés o del enemigo, cualquier soldado que se diera la vuelta era considerado desobediente ante el enemigo. Incluso si se encontraba solo frente a una tropa enemiga, no tenía derecho a retirarse; debía seguir luchando por su patria.
Los fusilados por “retirada” servían como ejemplo para los demás, que debían mantenerse “fuertes y valientes” según la imagen propagada en ese tiempo.
Condena y deshonra
Al final, los condenados —sobre todo cuando no había error judicial— solo deseaban abandonar aquel infierno de armas modernas y letal eficiencia. Doce soldados fueron ejecutados por un mismo condenado, pues su acción se consideró vergonzosa y no correspondía al soldado fuerte y valiente que se esperaban.
Sin embargo, la deshonra resultaba peor que la muerte. El honor tenía una importancia mayor que hoy, y los soldados estaban obligados a respetarlo. En la comunidad se los tachaba de cobardes y sus familias quedaban deshonradas, de modo que la condena perduraba más allá del fusilamiento.