Historia antigua

Juana de Arco: vida y martirio

El 30 de mayo de 1431, en Rouen, en la Place du Vieux‑Marché, una joven pastorcita que se había convertido en guerrera subió al potro: Juana de Arco tenía 19 años.

Su condena y posterior tortura se debieron, en gran parte, al odio que los ingleses sentían por ella. Desde que, en mayo de 1429, obligó a los ingleses a levantar el sitio de Orleans, dejaron de ganar de forma constante contra los defensores del rey francés Carlos VII, y atribuyeron ese revés a una supuesta influencia maléfica, tachándola de bruja en lugar de reconocerla como mensajera de Dios.

Los milagros de la doncella

La imagen de Juana cabalgando al frente de sus soldados, vestida como hombre y alegando obedecer a voces de santos, resultó sospechosa para sus adversarios.

Juana era una humilde campesina analfabeta (no sabía leer) que cuidaba el rebaño de su padre en el pueblo loreno de Domrémy. A los catorce años escuchó la voz que, según ella, le encomendó la misión de liberar a Francia del dominio inglés. Partió hacia la cercana localidad de Vaucouleurs, donde logró convencer al capitán local, el señor de Baudricourt, de llevarla ante el rey.

En 1429 Juana llegó a Chinon, reconoció al rey disfrazado de cortesano y, tras largas negociaciones, obtuvo el permiso de comandar un ejército para liberar Orleans, entonces sitiada. La campaña superó todas las expectativas: en abril la joven —ya conocida como la Doncella— entró en la ciudad pese al asedio; el 8 de mayo ordenó el ataque y la guarnición tomó las redoubts inglesas, obligando a levantar el sitio.

La coronación del rey y la captura

La liberación de Orleans abrió el camino para la coronación de Carlos VII. El 17 de julio de 1429, una procesión que todavía enfrentaba a los ingleses llevó al rey a Reims, donde recibió la unción en la catedral, adquiriendo el carisma que le faltaba en esos momentos críticos. Sin embargo, Juana, a pesar de estar en la comitiva real, fue tratada con desdén y marginada.

En septiembre intentó, sin éxito y con escaso apoyo, una ofensiva para liberar París. En mayo de 1430 se encontraba en Compiègne con un reducido grupo de hombres cuando fue capturada por un señor borgoñón, quien la entregó a los ingleses unos meses después. Juana quedó prisionera en Rouen, donde los ingleses planearon juzgarla y condenarla para destruir tanto su reputación como la del rey Carlos VII.

El juicio

El proceso se extendió durante cuatro meses, de enero a mayo de 1431. Los jueces ejercieron una presión psicológica constante, amenazándola con torturas y exhibiéndole los instrumentos de la misma. Juana, devota comulgante, fue apartada de la misa y de los sacramentos, lo que intensificó su sufrimiento.

El tribunal se centró en su mayor virtud: una fe profunda pero sin formación teológica. Sus conocimientos se limitaban a unas pocas oraciones enseñadas por el párroco del pueblo, lo que resultó incómodo para los jurados eruditos que buscaban desacreditar una religiosidad basada en una relación directa y personal con Dios, en contraposición al dogma eclesiástico de la época.

La última tentación

La interrogación, dirigida por jueces parciales, no ofrecía salida. Cada respuesta de Juana se volvía en su contra.

Agotada y quizá dudando brevemente, aceptó el 24 de mayo de 1431 la sentencia que la declaró hereje y esquismática, obligándola a retractarse y a pasar el resto de su vida en prisión. Tres días después de su abjuración, frente al cementerio de Saint‑Ouen, realizó una “ejecución simulada” y volvió a vestirse con ropa masculina, negándose a someterse. Tres días más tarde, el 30 de mayo, fue quemada en la hoguera.


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