La invención de la máquina de vapor
En 1712, en Inglaterra, James Watt perfeccionó una máquina de vapor capaz de producir energía continua para diferentes tipos de maquinaria. Este avance obligó a la clase obrera a replantearse su futuro y desencadenó transformaciones económicas y sociales que modificaron las condiciones de vida de la población.
Un nuevo contexto histórico
Tras la ruptura de Enrique VIII con Roma, el poder religioso quedó limitado al Estado inglés. Esa separación facilitó la aparición de la Revolución Industrial, la primera del mundo, que nació en Inglaterra y se extendió por Europa.
Hasta el siglo XVIII, el transporte se basaba en caballos y carretas; la vida cotidiana y la forma de gobierno habían permanecido prácticamente sin cambios desde la época de Julio César. La máquina de vapor no solo transformó el paisaje físico, sino también la mentalidad de los europeos, que empezaron a interesarse por la prosperidad, la producción, el comercio, la ciencia, la educación y la salud, y a cuestionar la autoridad absoluta del monarca.
Una ola de filósofos y escritores
Voltaire
El escritor y filósofo francés Voltaire atacó las ideas políticas y religiosas tradicionales, defendiendo la libertad de culto, la libertad de expresión y la separación entre Iglesia y Estado. En una carta a Federico II de Rusia (5 enero 1767) describió al cristianismo como "la religión más ridícula, absurda y sanguinaria" y pidió su erradicación para liberar a la humanidad.
Voltaire también rechazó la historia bíblica de Adán y Eva, proponiendo una teoría policénica que afirmaba la independencia de los distintos pueblos. Fue exiliado a Ferney, cerca de Ginebra, donde continuó escribiendo pese a la censura.
Jean‑Jacques Rousseau
Rousseau, educador genevoés, escribió obras provocadoras sobre religión y política. Su tratado El contrato social proclamó que "el hombre nace libre, pero en todas partes está encadenado" y alimentó la llama de la revolución francesa.
Edward Gibbon
El historiador inglés Gibbon, autor de Decline and Fall of the Roman Empire, expuso las contradicciones de la historia católica y cuestionó la autoridad eclesiástica.
Montesquieu
Montesquieu, pensador francés, escribió El espíritu de las leyes, obra fundamental para la teoría de la separación de poderes.
Adam Smith
En 1776, el escocés Adam Smith publicó La riqueza de las naciones, un tratado económico que, al subrayar la importancia del libre mercado, también insinuó la necesidad de un gobierno que garantizara la prosperidad social. Smith retomó ideas del Arthashastra de Kautilya, escrito en el siglo IV a.C., que describía normas para una economía próspera y la eliminación de la pobreza.
Thomas Paine
Thomas Paine, escritor inglés, apoyó la Revolución americana y, en 1791, publicó Los derechos del hombre, una crítica feroz a la monarquía y una defensa del gobierno democrático. Tras ser declarado traidor en Inglaterra, se refugió en Francia, donde fue encarcelado por oponerse al asesinato de Luis XVI. Desde la prisión escribió La edad de la razón, obra que atacó la influencia de la religión en la política y que fue censurada en varios países.
Auguste Comte
Auguste Comte (1798‑1857) proclamó el fin de la teología tradicional y fundó el "positivismo", una nueva "religión de la humanidad" basada en el amor, el orden y el progreso. Aunque pocos adoptaron su doctrina, sus ideas ayudaron a reducir el temor a los dogmas religiosos.
John Stuart Mill
Mill difundió el utilitarismo, cuya máxima es "la mayor felicidad para el mayor número". Este principio sirvió de criterio para evaluar políticas y leyes, impulsando debates sobre la igualdad de derechos y la participación ciudadana en el siglo XIX.
Democracia versus monarquía
La democracia busca garantizar derechos básicos a todas las personas, sin importar sus capacidades intelectuales o físicas, a diferencia de los regímenes autocráticos, que limitan la libertad en función de la supuesta inferioridad de la población.
En una democracia, las diferencias económicas y educativas persisten, pero el estatus político y social no depende de ellas: el sufragio es universal, independientemente de la riqueza, el nivel educativo, el género o la condición física.
Desilusión con la democracia
Hacia finales del siglo XIX, muchos ciudadanos europeos, aunque ya podían votar, seguían viviendo en la pobreza. La mera existencia del voto no garantizaba una distribución justa de la riqueza, lo que provocó un desencanto con la democracia liberal y la aparición de ideas socialistas.
Los obreros exigían mejores condiciones de trabajo, entornos más limpios y jornadas reguladas, demandas que, en algunos casos, podían conseguirse bajo monarquías constitucionales con leyes que protegieran a los trabajadores.
El surgimiento del socialismo y Karl Marx
Karl Marx (1818‑1883), expulsado de Alemania y Francia por sus ideas, se instaló en Inglaterra, donde, junto a Friedrich Engels, escribió el Manifiesto del Partido Comunista (1848). En él denunciaron la explotación de la clase obrera bajo la fachada de los ideales de libertad, igualdad y fraternidad.
Marx llamó a los trabajadores del mundo a unirse: "¡Trabajadores del mundo, uníos! No tenéis nada que perder salvo vuestras cadenas, pero tenéis un mundo que ganar".
En 1867 publicó El capital, obra que analizó críticamente la economía capitalista y sentó las bases del marxismo, influyendo en movimientos revolucionarios como la Comuna de París (1871) y en la formación de partidos socialistas en toda Europa.
Derechos de las mujeres
El sufragio femenino fue una de las conquistas más tardías. Nueva Zelanda concedió el voto a las mujeres en 1893, seguida por Australia (1902), Finlandia (1906), Noruega (1913), Dinamarca e Islandia (1915). En el Reino Unido la lucha comenzó en 1867 y, tras años de campaña, las mujeres mayores de 30 años obtuvieron el voto en 1918; la igualdad plena llegó en 1928.
En Estados Unidos el derecho al voto femenino se aprobó en 1920. Francia (1944), Italia (1946), España (1931) y Suiza (1971, aunque con restricciones) también incorporaron el sufragio femenino, aunque en algunos países persisten desigualdades que continúan siendo objeto de lucha.