Historia antigua

La civilización asiria: historia y legado

Orígenes y desarrollo temprano

La civilización asiria: historia y legadoEn la antigüedad no había pueblo que venerara la fuerza y el poder como los asirios. Durante el reinado del rey Senaquerib (aprox. 700 a.C.) el Estado asirio abarcaba Babilonia, Siria, Palestina con Judea y parte de la Transcaucasia. Sus sucesores añadieron Egipto y Elam, logrando conquistar "casi todo el mundo habitado" dentro de los límites que conocían.

Los orígenes de Asiria fueron pacíficos. Su primera capital fue la pequeña ciudad de Ashur, de donde tomó su nombre el reino. Si hubiéramos caminado por sus calles alrededor del 1900 a.C., habríamos visto pocos guerreros y muchos mercaderes. ¿Cómo pasó de ser un modesto centro comercial a la cabeza de una potencia temida en Asia Menor? La respuesta se halla en su ubicación estratégica y su sociedad basada en el intercambio.

Comercio y estructura social

Ashur se asentó en la parte alta del río Tigris, en una zona habitada mayoritariamente por pueblos semíticos. Allí convergían las rutas comerciales del mundo antiguo, que transportaban oro, plata, cobre, estaño y esclavos de norte a sur, y enviaban granos, aceites y artesanías a los mercados del norte. Los asirios comprendieron pronto que podían enriquecerse comprando mercancías en un país y revendiéndolas en otro. El comerciante debía ser astuto, valiente y polifacético: defenderse de bandidos, negociar con jefes de tribus salvajes, dominar lenguas y costumbres extranjeras y cortesanos, pues los productos más valiosos se vendían en palacios reales. Para facilitar sus actividades, establecían colonias comerciales en tierras ajenas y solo regresaban a su patria de forma esporádica.

En Ashur, la élite mercantil dirigía la vida urbana, mientras que los altos cargos administrativos estaban ocupados por sacerdotes de los templos más venerados. No existían todavía reyes; la ciudad prosperó sin necesidad de campañas militares lejanas.

Los campesinos asirios vivían en fértiles llanuras de la zona. La tierra producían cosechas abundantes sin necesidad de riego artificial, lo que permitía a las familias trabajar sus parcelas de forma independiente, criar ganado y pagar impuestos modestos. Esta prosperidad rural se mantuvo prácticamente sin cambios durante siglos, pues la estructura familiar patriarcal y los fuertes lazos comunitarios permanecieron intactos. Los pueblos suministraban tributos y reclutas al ejército, mientras la ciudad rara vez interfería en sus asuntos.

Expansión militar y apogeo

Alrededor del 1800 a.C. la tranquilidad de Ashur se vio amenazada por los estados vecinos de Babilonia, Mari, el emergente reino de Mitanni y los hititas, que comenzaron a expulsar a los comerciantes asirios de sus mercados. Sin fuerza suficiente, Ashur perdió su independencia y pasó a la sombra durante varios siglos.

En el 1350 a.C., gracias al apoyo de Egipto, los asirios recuperaron su autonomía frente a Mitanni y Babilonia. Fue necesario controlar los cruces del Éufrates que daban acceso al Mediterráneo y a las ricas ciudades sirias. Para ello surgió una autoridad central: el alcalde de Ashur, heredero del cargo, tomó el título real y organizó un ejército disciplinado.

Con esta nueva fuerza, Asiria venció a Mitanni, anexionó parte de su territorio y construyó fortalezas a orillas del Éufrates, controlando los pasos comerciales durante dos siglos (1300‑1100 a.C.). Este monopolio les permitió cobrar elevados peajes y acumular enormes botines, que a su vez financiaron la construcción de capitales-fortaleza, la más lujosa de las cuales fue Nínive.

Sin embargo, el poder real seguía siendo débil. Los sacerdotes y la nobleza, acostumbrados a gobernar, no necesitaban a un monarca fuerte. Incluso el famoso rey Tukulti‑Ninurta I (1244‑1208 a.C.) fue depuesto cuando intentó imponer ceremonias cortesanas al estilo babilónico. El reino continuó siendo dirigido en gran parte por mercaderes y sacerdotes, mientras el rey se refugiaba en su capital‑tesoro.

Problemas internos y declive

Alrededor del 1100 a.C. los arameos nómadas invadieron, arrebatando a Asiria los territorios del Éufrates y obligándola a retirarse a los estribos del Tigris. Tras recuperarse, los asirios retomaron las conquistas en Asia Menor (c. 900 a.C.) sin rivales significativos durante un siglo.

Los reyes asirios emplearon una guerra relámpago: ataques sorpresivos, destrucción total de ciudades rebeldes y deportación masiva de poblaciones para romper su voluntad. Aunque estos métodos intimidaban, no lograron integrar los territorios conquistados. La falta de colonos que trabajaran la tierra y la escasez de funcionarios para recaudar impuestos provocaron una dependencia excesiva del saqueo.

Además, las ciudades comerciales que disfrutaban de privilegios –exención de impuestos y servicio militar–, como Babilonia, se mostraron reacias a perder esos beneficios. Babilonia, cuna de la cultura, la religión y la escritura asirias, llegó a ser considerada una segunda capital. En 689 a.C. el rey Senaquerib ordenó su destrucción total, lo que generó descontento incluso en Nínive y rompió definitivamente la relación con el centro cultural de Asia Occidental.

En los siglos siguientes, la presión de Urartu (800‑700 a.C.) y la necesidad de mantener un ejército mercenario entrenado obligaron a los reyes a lanzar campañas predatorias constantes, agotando los recursos del imperio. Los antiguos campesinos libres fueron relegados a la servidumbre, y la estructura social se desintegró.

Fin del imperio

En 614 a.C. los medos tomaron la antigua capital Ashur y, dos años después, junto al Babilonia liberado, derrotaron a Nínive. Asiria desapareció del mapa, demostrando que un Estado basado únicamente en el miedo, la violencia y el robo no puede sostenerse a largo plazo. Su historia es, en última instancia, la de una comunidad de comerciantes que, al buscar solo la libertad de comercio, terminó fundando un imperio que se derrumbó bajo su propio peso.

Extracto de la Enciclopedia Histórica.

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