Juana de Arco, heroína nacional de Francia, fue una campesina que, guiada por lo que ella consideraba voces celestiales, lideró al ejército francés en la decisiva victoria de Orleans, impidiendo la invasión inglesa durante la Guerra de los Cien Años. Capturada un año después, fue quemada en la hoguera como hereje, pero su figura se convirtió en el mayor símbolo de patriotismo francés y alimentó el renacimiento del nacionalismo.
Misión de Juana de Arco
En 1427 el trono francés estaba disputado entre el rey inglés Enrique VI y el delfín Carlos, heredero de Carlos VI. La mayor parte del norte estaba bajo control inglés y borgoñón. El delfín aún no había sido coronado y la situación parecía desesperada. Reims, tradicional lugar de coronación, estaba en manos de los enemigos.
Juana, originaria de Domrémy, escuchó supuestas voces de Santa María, Santa Catalina y San Miguel que le ordenaban expulsar a los ingleses y a sus aliados borgoñones del reino valois. En mayo de 1428 abandonó su aldea y se dirigió a Vaucouleurs, la fortaleza más cercana leal al delfín, donde solicitó permiso al capitán de la guarnición, Robert de Baudricourt. Tras un rechazo inicial, volvió en enero de 1429, convenció al capitán de que no era una bruja y obtuvo autorización para presentarse ante el delfín en Chinon.
En febrero de 1429 llegó a Chinon, donde Carlos, pese a sus dudas, la recibió. Tras varios interrogatorios por parte de teólogos realistas, Juana prometió demostrar el éxito de su misión en Orleans, y el 22 de marzo comenzó a enviar cartas desafiantes a los ingleses.
Acción en Orleans
El 27 de abril de 1429, un ejército francés partió hacia Orleans, sitiada desde octubre de 1428. Juana, acompañada por el comandante La Hire, tomó la iniciativa el 4 de mayo, liderando el asalto a una fortaleza inglesa al este de la ciudad. Su valor inspiró a los soldados franceses, que capturaron la fortaleza y, en los días siguientes, lograron romper el cerco.
El 7 de mayo los franceses atacaron la posición de Les Tourelles; tras intensos combates, los ingleses se rindieron, pese a que Juana resultó herida. Su determinación y la prohibición de perseguir a los enemigos el domingo siguiente reforzaron la moral del ejército.
Victorias y coronación
Tras liberar Orleans, Juana acompañó al delfín a Tours y le urgió a dirigirse rápidamente a Reims para su coronación. A pesar de la resistencia de algunos consejeros, Carlos aceptó. Entre junio y julio, las fuerzas francesas, bajo la dirección de Juana, derrotaron a los ingleses en Patay y capturaron varias ciudades a lo largo del Loira.
El 16 de julio de 1429, Carlos VII fue coronado en Reims; Juana estuvo presente con su estandarte, y en el acto le dirigió un saludo al nuevo rey.
Intentos de asalto a París
Después de la coronación, el ejército real avanzó hacia París, pero el rey decidió detener la campaña el 2 de agosto. Juana, en desacuerdo, escribió al duque de Borgoña asegurando que pronto se rendiría la ciudad. Los combates continuaron en los alrededores, pero sin una batalla decisiva. En agosto, Juana y el duque de Alençon intentaron un asalto desde Saint‑Denis, sin éxito, y el rey ordenó la retirada.
Captura, juicio y ejecución
El 23 de mayo de 1430, Juana fue capturada en Compiègne por los borgoñones y entregada a los ingleses. Fue trasladada a Rouen, donde el obispo Pierre Cauchon la sometió a un juicio eclesiástico por herejía. El proceso, impulsado por la Universidad de París, la acusó de falsos milagros, de vestir ropa masculina y de desobedecer a la Iglesia.
Durante el juicio, Juana mantuvo su inocencia, rehusó confesar los supuestos delitos y declaró que su lealtad era a Dios y a los santos que la guiaban. El 29 de mayo de 1431, los jueces la declararon culpable y la entregaron a la autoridad secular.
El 30 de mayo de 1431, Juana fue quemada en la hoguera en la Place du Vieux‑Marché de Rouen. Antes de morir pidió que se mostrara un crucifijo para poder ver y proclamar su salvación. Testigos afirmaron que murió como una cristiana devota.
Rehabilitación y legado
En 1456, bajo el papa Calixto III, la condena fue anulada y Juana fue declarada mártir. Fue canonizada por el papa Benedicto XV en 1920; su fiesta se celebra el 30 de mayo. Juana de Arco sigue siendo un símbolo de valentía, fe y patriotismo, y su figura trasciende la política y la religión, convirtiéndose en un emblema de la identidad francesa.