
El Papa Urbano II lanzó la Primera Cruzada en 1095. Entre 1096 y 1099 los cruzados lograron victorias que fundaron cuatro estados latinos en Oriente: el condado de Edessa, el principado de Antioquía, el condado de Trípoli y el reino de Jerusalén. La defensa de estos territorios motivó las siete cruzadas siguientes.
Segunda Cruzada (1147‑1149)
Predicada por Bernardo de Claraval en Vézelay en 1146, resultó un fracaso. Los ejércitos occidentales no lograron reforzar los estados latinos, que permanecieron en defensa.
Tercera Cruzada (1189‑1192)
La caída de Jerusalén en manos de Saladín (1187) provocó la expedición de Ricardo Corazón de León, Felipe II de Francia y Federico Barbarroja. Recuperaron una franja costera desde San Juan de Acre hasta Ascalón, pero no la ciudad santa.
Cuarta Cruzada (1202‑1204)
Desviada por los intereses venecianos, la flota cruzada se dirigió a Constantinopla. La ciudad fue tomada y saqueada por los latinos, rompiendo definitivamente la relación con el Imperio Bizantino.
Quinta Cruzada (1217‑1221)
En lugar de la Tierra Santa, los cruzados dirigieron sus campañas a Egipto, entonces el poderío dominante de la región.
Sexta Cruzada (1228‑1229)
Prácticamente pacífica: el emperador Federico II logró, mediante negociaciones, recuperar la soberanía sobre Jerusalén, aunque la ciudad volvería pronto a manos musulmanas.
Séptima y Octava Cruzadas (1248‑1254 y 1270)
Encabezadas por Luis IX de Francia. En la primera, el rey fue capturado en Egipto; en la segunda, murió fuera de los muros de Túnez. Unos años después, en 1291, San Juan de Acre, último bastión cruzado, cayó definitivamente.
Con la pérdida de Acre, terminó la presencia franca en la Tierra Santa, cerrando un capítulo de dos siglos de conflictos religiosos y políticos.