
Contrario a la creencia popular, el aislamiento de Japón entre 1639 y 1854 no fue absoluto. En 1641 los holandeses obtuvieron el único puesto comercial europeo en el país, estableciendo la isla artificial de Dejima, frente a Nagasaki. Allí se intercambiaron productos preciados como la seda y la porcelana de Arita e Imari, mientras los holandeses introducían objetos europeos exóticos, entre ellos tratados sobre pintura. De este modo aparecen en algunos grabados japoneses técnicas occidentales como la perspectiva de punto de fuga, y coleccionistas europeos —como la reina María Antonieta, fascinada por los lacas japoneses— se hicieron acaudalados admiradores.
Un descubrimiento mutuo
El advenimiento de la era Meiji en 1868 llevó esas relaciones a una dimensión sin precedentes. Japón y Occidente iniciaron una exploración recíproca que, en Europa y EE. UU., se tradujo en una fiebre masiva por los objetos japoneses, conocida como japanismo. Esta moda, que alcanzó su apogeo a finales del siglo XIX, impregnó a coleccionistas y a todas las artes: Monet pintó La Japonaise (1876) con su esposa en kimono; Puccini hizo cantar a Madame Butterfly su desesperación en la ópera homónima de 1904; y la literatura de los hermanos Goncourt o de Proust no escapó al exotismo, al igual que los muebles, jarrones y biombos decorativos que invadieron los interiores burgueses.
El ukiyo‑e y la vanguardia parisina
En la pintura, el ukiyo‑e —arte popular de grabados que capturan la vida cotidiana— jugó un papel central entre los avant‑garde parisinos. Los artistas adquirían estas obras en puestos como el de Père Tanguy. Allí Van Gogh, gran amante del arte japonés, encontró sus suministros y, en 1887, realizó un famoso retrato del dueño del taller rodeado de grabados de la tienda. Manet, por su parte, pintó en 1868 el retrato de su amigo el escritor Émile Zola, acompañándolo de una estampa y un biombos de estilo japonés.
Un arte poco convencional
Desde los impresionistas hasta los Nabis, ¿qué atrajo tanto a la vanguardia? Al igual que el descubrimiento de las artes primitivas a comienzos del siglo XX, el arte japonés cuestionó las rígidas normas del academicismo y trastocó las convenciones pictóricas occidentales. La línea fluida y la simplificación del diseño inspiraron a Toulouse‑Lautrec, cuyo estilo se volvió más esquemático y expresivo; Bonnard adoptó los tintes planos sin modelado para las ropas de sus personajes; y Degas y Mary Cassatt incorporaron, cada uno a su modo, elementos japoneses para reinventar su estilo y sacudir los cánones establecidos.