La Siesta (detalle), por Lawrence Alma‑Tadema. 1868 • WIKIMEDIA COMMONS
En el siglo V a.C., el filósofo jonio Diágoras de Melos afirmó que era preferible morir antes que sucumbir a los encantos del opio, advirtiendo, con la visión de un futuro que hoy conocemos, sobre el peligro de la adicción. Sus advertencias apenas resonaron en las sociedades de la época, y mucho menos entre los romanos, quienes permitían la circulación libre de numerosas sustancias por todo el Mediterráneo, salvo cuando su uso estaba destinado a envenenar o asesinar.
En la Antigüedad, cualquier sustancia que producía efectos específicos en el cuerpo se incluía bajo la amplia categoría de “medicinas”. En griego antiguo, pharmakon significaba tanto “veneno” como “remedio”. El Corpus Hipocrático describía estas sustancias como agentes que podían “enfriar, calentar, secar, humedecer, contraer, relajar o inducir el sueño”. De ese modo se elaboraban analgésicos, remedios y pociones.
Plantas, remedios y venenos
Autores como Plinio el Viejo y Dioscórides enumeran cerca de mil drogas diferentes: mandrágora, beleño, belladona, estramonio, cicuta, aconito, setas venenosas, vino, cannabis y opio, entre otras. Describen también su modo de empleo: infusiones, macerados, emplastos, polvo ingerido, aceites aplicados sobre la piel, baños terapéuticos o inhalaciones.
La mandrágora, por ejemplo, era conocida por sus propiedades sedantes; su ingesta facilitaba el sueño. El estramonio, una planta tóxica del mar Caspio, provocaba alucinaciones intensas y al mismo tiempo aliviaba afecciones respiratorias como el asma. La belladona, usada en hogares para calmar trastornos del sueño y dolores dentales, también se aplicaba en forma de jugo sobre la pupila con fines recreativos.
Cannabis en los templos
El opio y el cannabis fueron las drogas más consumidas en la Antigüedad grecorromana. El cannabis, percibido durante milenios como una planta misteriosa, sagrada e incluso demoníaca, llegó al mundo greco‑romano con la expansión hacia el Mediterráneo oriental. Se introdujo en rituales religiosos como incienso o “perfume”, cuyo aroma se difundía “a través del humo” (per fumare).
Al ser escaso en los mercados mediterráneos, el cannabis se convirtió en artículo de lujo. Gracias a los escritos de Galeno, sabemos que la élite romana adoptó la costumbre ateniense de ofrecerlo en banquetes, donde sus efectos alucinógenos eran muy apreciados. La leyenda cuenta que Helena de Troya lo mezcló con el vino que sirvió a los invitados de Menelao, sumiéndolos en una profunda letargia. Homero, en la Odisea, describe el efecto: «no derramaría una lágrima… aunque su madre y su padre murieran».
Plinio el Viejo señala que la raíz cocida del cáñamo “relaja las articulaciones contraídas y sirve contra la gota y aflicciones similares; se aplica cruda a quemaduras y se emplea como remedio para la impotencia sexual”.
El opio, el “jugo de los dioses”
Los griegos llamaban “opio” al jugo extraído de las cápsulas de la amapola (Papaver somniferum). Algunas tradiciones atribuían su descubrimiento a Asclepio, el dios de la medicina; otras lo vinculaban a Hermes, dios del comercio, o incluso a Alejandro Magno, quien habría introducido su consumo en el Mediterráneo.
Heródoto, Hipócrates y Teofrasto investigaron sus aplicaciones, sobre todo en la medicina. Dioscórides y Heráclides de Tarento destacaron sus propiedades calmantes y soporíferas, mientras que Plutarco describía el opio y la mandrágora como los narcóticos más usados para inducir el sueño. Según el poeta Silius Italicus, Juno habría usado el opio para drogar al general cartaginés Aníbal y evitar que atacara Roma.
Los romanos apreciaban especialmente las variedades orientales de estas drogas. El emperador Tiberio, por ejemplo, se retiró a la isla de Capri para consumir el excelente opio local, cultivado siglos antes por colonos griegos. Dioscórides y Plinio advertían que el opio de buena calidad era maleable, desprendía un aroma intenso, se disolvía fácilmente en agua y se fundía bajo la luz del sol.
Plinio afirmaba que la amapola “siempre había sido venerada entre los romanos”, y que los médicos de los primeros dos siglos d.C. preparaban mezclas para los emperadores con pimienta blanca, miel y opio. Andrómeda el Viejo, médico de Nerón, habría creado el teríaco, una fórmula calmante que contenía un tercio de opio. Aunque se consideraban medicamentos, esas preparaciones podían generar dependencia.
Regulación estatal y precios
El comercio de opio, cannabis y otras drogas medicinales estaba regulado por el Estado romano. El edicto de Diocleciano (301 d.C.) fijó los precios máximos para evitar la especulación. Un modius militar (17,5 l) de semillas de cannabis no podía costar más de 80 denarios; el opio estaba limitado a 150 denarios, precio comparable al de hierbas medicinales y a productos básicos como trigo o legumbres.
Emperadores y adicciones
Según algunas fuentes, Marco Aurelio tomaba diariamente una pastilla de opio disuelta en vino, bajo prescripción de Galeno. Algunos interpretan que desarrolló dependencia, señalada en sus Meditaciones por visiones y percepciones temporales alteradas; otros consideran que se trata simplemente de la visión estóica propia de su pensamiento.
De Venus a venenum
El término latino venenum, originado en “Venus” y asociado inicialmente con pociones de amor, llegó a designar cualquier droga utilizada para curar, envenenar, abortar o suicidar. Quien preparaba estas sustancias era llamado veneficus, a veces deformado en maleficus.
Para saber más: Historia general de las drogas, Antonio Escohotado, The Poltergeist, 2004.