El soberano se convirtió en la figura central del Estado moderno europeo entre los siglos XV y XVIII. Los rasgos que definieron esa autoridad fueron:
- Concentración del poder en la figura del monarca, que limitó la influencia de la Iglesia al reducir la investidura de obispos.
- Territorialidad: la soberanía se ejercía dentro de fronteras geográficas bien delimitadas.
- El Estado se concibió como patrimonio privado del soberano, transmitido por herencia.
En este contexto surgió la corte real, centro de gobierno y residencia del monarca, acompañada de un ejército permanente de soldados profesionales, una burocracia compuesta por funcionarios de confianza y una administración centralizada.
Francia y la "Doncella de Orleans"
En el siglo XIV la presencia de feudos ingleses en territorio francés impedía la consolidación de un Estado nacional. En 1337 Felipe VI de Valois intentó apropiarse de esos feudos, provocando la reacción de Eduardo III y el inicio de la Guerra de los Cien Años (1337‑1453).
En la primera fase, los arqueros ingleses con sus arcos largos derrotaron a un ejército francés de 30.000 hombres en la batalla de Crécy, marcando el declive de la caballería pesada.
Durante el reinado de Carlos VI, la lucha entre armagnacs y borgoñones debilitó al reino. La derrota de Francia en Agincourt (1415) y el Tratado de Troyes (1420) reconocieron al rey de Inglaterra como heredero al trono francés.
El ascenso de Carlos VII (1429‑1461) coincidió con la aparición de Juana de Arco, una campesina analfabeta que afirmó haber escuchado al arcángel Miguel. Tras ser examinada por teólogos, Juana fue aceptada como la "Doncella" y lideró al ejército francés en la liberación de Orleans y otras victorias que permitieron el coronamiento de Carlos en Reims. Capturada por los ingleses, fue juzgada por herejía y quemada en la plaza de Rouen a los 19 años.
La guerra culminó con la recuperación de casi todo el territorio, salvo Calais. Luis XI reforzó la monarquía centralizando el poder feudal, creando un ejército permanente, artillería y un aparato administrativo con parlamentos regionales que podían vetar decisiones reales. La Pragmática Sanción limitó la investidura eclesiástica, convirtiendo a la religión en herramienta de consenso.
Inglaterra y la Guerra de las Rosas
El agotamiento de las posesiones francesas provocó una crisis interna que desembocó en la Guerra de las Rosas (1455‑1487), enfrentando a la Casa de Lancaster (rosa roja) contra la Casa de York (rosa blanca). El conflicto terminó con la victoria de Enrique VII Tudor (1485‑1509), quien estabilizó la monarquía.
Enrique VII centralizó el poder, redujo la influencia feudal, se alió con la burguesía y adoptó una política aislacionista que favoreció el desarrollo interno. Impulsó la agricultura, la producción de lana y el comercio colonial. La justicia quedó en manos de sheriffs y justices of the peace, mientras el Star Chamber perseguía los abusos de la nobleza. Los privilegios eclesiásticos fueron también limitados.
España y la Reconquista
La formación de la identidad nacional española estuvo vinculada a la larga Reconquista contra los musulmanes. Tras la batalla de Las Navas de Tolosa (1212), la Península Ibérica se dividió en cinco reinos: Aragón, Castilla, Navarra, el Reino de Granada (musulmán) y Portugal, que se había constituido como reino autónomo en el siglo XIII.
El matrimonio de los Reyes Católicos, Fernando de Aragón e Isabel de Castilla (1479), marcó la unión formal de los dos mayores reinos cristianos. Castilla miraba al Atlántico y buscaba rutas de conquista occidental, mientras Aragón se orientaba al Mediterráneo, controlando Baleares, Sicilia, Cerdeña y, después, el Reino de Nápoles.
Aunque tenían economías y lenguas diferentes, ambos reinos lograron crear una burocracia eficaz y un ejército permanente. La cruzada contra el Reino de Granada y la instauración de la Inquisición (1478) reforzaron la unidad religiosa. El Papa Alejandro VI otorgó a los monarcas el título de "Reyes Católicos".
Esta política de intolerancia contra moriscos y conversos provocó su expulsión, lo que redujo la capacidad productiva del país al perder artesanos y comerciantes, aumentando la dependencia de importaciones.
La frontera oriental
Maximiliano I de Habsburgo (1459‑1519) fue elegido emperador del Sacro Imperio Romano Germánico en 1493, gobernando tres áreas principales: el Imperio germánico, los territorios hereditarios de los Habsburgo (Austria, Tirol, Estiria, Carintia) y los Países Bajos y Franche-Comté, adquiridos mediante el matrimonio con María de Borgoña.
La falta de un ejército permanente y de una burocracia centralizada obligó a Maximiliano a buscar alianzas matrimoniales. El principal peligro era el Imperio otomano, fundado por Osman I (1299‑1326). El cuerpo de elite otomano, los jenízaros, estaba formado por niños cristianos capturados, convertidos al islam y entrenados como guardia del sultán.
En 1453 los otomanos conquistaron Constantinopla, poniendo fin al Imperio bizantino; la ciudad pasó a llamarse Estambul y la Hagia Sophia se transformó en mezquita. La expansión otomana en los Balcanes supuso una amenaza constante para los Habsburgo y para el resto de Europa.
Europa del Este
El extenso territorio ruso estaba dividido en principados bajo la influencia mongola. Moscú, gracias a su posición estratégica y a una relación privilegiada con los kanes mongoles, emergió como potencia dominante.
La Iglesia ortodoxa, a pesar de la invasión mongola, mantuvo su estructura y se convirtió en referente del cristianismo ortodoxo, considerando a Moscú como la "Tercera Roma" después de Constantinopla y Roma.
Iván III el Grande (1462‑1505) centralizó el poder, transformó el Principado de Moscú en un Estado fuerte y unitario, recibió el reconocimiento de la Iglesia ortodoxa y ordenó la construcción del majestuoso Kremlin como residencia real.