Los anglos y los sajones, conocidos colectivamente como el reino anglosajón, se establecieron en Gran Bretaña, un territorio habitado por numerosas tribus que con el tiempo se fueron unificando.
Primeros habitantes del reino anglosajón
En la antigüedad, las islas que hoy forman Gran Bretaña estaban pobladas por diversas tribus, entre las que destacaban los caledonios, los cambrianos y los celtas. Estas poblaciones practicaban religiones politeístas y sus sacerdotes, los druidas, dirigían ceremonias sagradas en los bosques y ejercían también funciones de liderazgo tribal.
Los anglos y los sajones
En el siglo VI d.C., tras las invasiones bárbaras, grupos procedentes de lo que hoy es Alemania llegaron a la isla. Eran los anglos y los sajones, guiados por los líderes Hengist y Horsa. Tras vencer la resistencia de los caledonios, conquistaron gran parte del territorio. Hengist se proclamó rey de Kent y estableció su capital en Canterbury. Los sajones fundaron los reinos de Sussex y Wessex, pero tuvieron que enfrentarse a la feroz defensa de los cambrianos, famosos por su guerrero legendario, el rey Arturo, cuya hazaña de derrotar a 400 enemigos en un día pasó a la mitología.
Una vez vencidos los cambrianos, surgió el reino de Essex, con Londres como capital. En los siglos V y VI, los invasores formaron siete reinos independientes, conocidos como la Heptarquía. La rivalidad entre ellos desembocó en guerras civiles hasta que, en 872 d.C., Egberto el Grande logró unificarlos bajo un solo reino: Inglaterra, sentando las bases de la monarquía inglesa. A pesar de esta unificación, Escocia e Irlanda mantuvieron su independencia.
Alfredo el Grande
Uno de los monarcas más destacados de la época anglosajona fue Alfredo el Grande. Durante su reinado, tuvo que hacer frente a las primeras incursiones de daneses y normandos. Tras varios enfrentamientos costeros, Alfredo pidió a sus súbditos que persiguieran a los invasores, pero fueron reacios a obedecer. En conflicto con la nobleza y el clero, el rey abandonó el palacio y se refugió en la choza de un leñador, ocultando su identidad.
Cuando la amenaza danesa persistió, Alfredo organizó un ejército, se disfrazó de harpista para infiltrarse en el campamento enemigo, observó sus posiciones y, al día siguiente, lanzó un ataque decisivo que obligó al jefe danés a aceptar el bautismo cristiano. Esta victoria le devolvió la popularidad.
Alfredo impulsó importantes reformas: dividió el territorio en condados y cantones, creó la Asamblea de los Sabios para asesorar al rey en asuntos delicados y fundó la escuela que dio origen a la Universidad de Oxford. Según crónicas bretonas, su gobierno fue tan honesto que podía dejar joyas de oro en las calles sin que nadie se atreviera a tomarlas. Finalmente, proclamó que los ingleses debían ser «libres», según su propia visión de la libertad.