Durante la Edad Media los monjes se agrupaban en comunidades monásticas conocidas como monasterios. Estas instituciones solían estar situadas en zonas rurales y estaban formadas por varios edificios: una iglesia, un dormitorio (celdas), un refectorio (comedor), una cocina, talleres y un claustro, que es un pasillo cubierto que rodea el patio central.
Vida cotidiana
Los monjes llevaban una vida en común regida por el horario monástico, que alternaba momentos de oración, trabajo y estudio. Cada día comenzaba con la oficio matutino, seguido de labores agrícolas, artesanales o de copia de manuscritos, para terminar con la vísperas y la cena.
Autosuficiencia
Se esperaba que el monasterio fuera autosuficiente: cultivaban sus propios campos, criaban animales, confeccionaban ropa y producían los bienes necesarios para la comunidad. Esta independencia les permitía enfocarse en la vida espiritual y en la misión intelectual.
Preservación del conocimiento
Los monasterios fueron centros clave para la conservación y difusión del saber. Contaban con bibliotecas y scriptorios, salas donde los monjes copiaban y iluminaban manuscritos, garantizando la transmisión de textos clásicos, religiosos y científicos a lo largo de los siglos.